—¡Qué torbellino! —murmuró María Juana—. No sé cómo la aguantas.

Pronto apareció Camila con las camisas.

—Falta una.

—Es la que me puse ayer... Salí con ella, y tuve que volver á casa á quitármela, porque por la calle iba haciendo gestos como si tuviera el pescuezo lleno de pulgas.

—Ya te daré yo pulgas, tontín. Verás, verás. Pues, señor, estas cinco camisas, digo, seis, porque la otra también la apando cuando esté lavada, me las llevo á mi casita, y haciéndoles una pequeña reforma, ensanchándoles un poquito de hombros y de cuello, se las arreglo á este animal. Mira tú por dónde he salido ganando... Chúpate esa y vuelve por otra... Constantino, hijo de mi alma, vámonos de esta casa de mal agradecidos. Ya tienes seis albardas más. Tú no les pondrás peros. ¿Qué has de poner?

Él se reía, diciéndonos:

—No la hagan ustedes caso. Hoy le ha dado por alborotar. En fin, tiro del ronzal y me la llevo para que os deje en paz.

Cuando salieron, díjome la otra:

—¡Qué vecindad tan molesta debe de ser para tí! Estarás harto.

—No lo creas: me divierto con esas tonterías.