—Pero, hombre, si la señorita María Juana me ha dicho anoche que ya estaba bien...

Por la tarde subí á ver á Camila. No estaba.

—La señorita —me dijo la criada— ha ido á casa de su hermana, que está muy malita...

—¿Y el señorito Constantino?...

—Ha salido á caballo, como todas las tardes.

«Conque sigue mal la infeliz... —pensé al retirarme—. Bueno: mañana iré á verla.»

Y llegó mañana, y no fuí tampoco. Se necesitaba un espolazo mayor para decidirme. Hallábame en la Bolsa. Poco interés aquel día. Acerquéme á los distintos corros, que estaban muy desanimados. Generalmente, en estos pelmazos humanos dominan los hongos número dos y las americanas de mal traer; hay algunas capas, y por lo común formas no muy exquisitas. Hay corro que parece de apreciables tenderos de ultramarinos; el del Perpetuo, enracimado en la barandilla, es el más bullicioso. Pero aquel día sólo había un poco de vida en el de los Aguadores, ó sea los que operan en Cubas. Del de los Negritos, que es el más modesto, salió una destemplada voz que me dijo:

—Don José María, el señor Trujillo estaba preguntando hace un rato si había venido usted.

Pertenecía esta voz á un individuo que imitaba á Torres en la manera de reir y en la costumbre de tutear; dedicábase á comprar picos, y operaba en chinchorrerías. Su especialidad era estar siempre de capa hasta el cuarenta de Mayo lo menos; se llamaba Mazarredo, y cuando hacía un buen negocio, expresaba su gozo imitando el canto de la codorniz con gran escándalo y risa de todos los concurrentes á la Bolsa.

Al oir que Trujillo quería hablarme, corrí al ángulo segundo de la derecha. Aquél no era el Trujillo que yo conocía, sino su primo Manolo, joven muy simpático, rico, soltero, elegante, de buena figura. Desde el año anterior había empezado á padecer de la vista, y perdiéndola gradual y rápidamente; á la fecha de lo que escribo estaba ciego del todo. Era un dolor verle, con los ojos cuajados y fijos, la cara pálida, ansiosa, queriendo ver y no viendo nada. El pobrecito se hacía la ilusión de que veía algo, y los amigos cuidábamos de no quitársela por completo.