—¿Qué tal, Manolo?...

—Mejor, mejor —respondía infaliblemente, pasándose una mano por delante de los ojos—. Principia á aclarar el derecho... Me veo perfectamente los dedos.

Todos los días, como quiera que estuviese el tiempo, se vestía correctamente, y un criado le llevaba á la Bolsa á eso de las dos y cuarto y le sentaba en aquel ángulo, de donde no se movía, hasta que á las tres y media volvía el mismo criado á recogerle. Aunque era joven, se había estrenado en los negocios, para los que tenía gran capacidad, y no podía vivir sin respirar durante un rato aquella atmósfera picante, en la cual no se sabe qué es más espeso, si el aire cargado de humo ó el ambiente aquél de las cotizaciones saturado de números. Hay gustos muy raros.

Sentéme junto á él, y aún no le había estrechado la mano, cuando, dando un gran suspiro, me disparó estas palabras:

—¿Conque Eloísa se muere?...

Dejóme frío la noticia y la puse en duda.

—No, no es cuento. Anoche he estado allí... Muy mala, muy mala la pobre. Es cosa de la garganta, del cuello, no sé qué. Dicen que está horriblemente desfigurada. Yo, como no la puedo ver, siempre la veo hermosa.

Manolo Trujillo había sido, antes de perder la vista, uno de los más fervientes y al mismo tiempo más discretos admiradores de Eloísa. Después de su ceguera, la visitaba de vez en cuando, haciendo gala de una especie de inclinación alambicada y platónica, sentimiento muy propio de un caballero que ha visto mucho y ya no ve nada. No esperé á que acabara de contarlo, y deplorando mi descuido, corrí á la calle del Olmo.

III

Al entrar en la casa, todo cuanto en ella ví me anunciaba desolación, ruina, tristeza. Evaristo, sin librea, estaba encendiendo un brasero en el patio, asistido del cochero, en mangas de camisa y con chaleco rojo. Soplaba aquel día, que lo era á principios de Marzo, un vientecillo Norte que afeitaba. Los dos criados me saludaron y les pregunté por su señora. Enseñándome la lista, pusieron muy mala cara los dos. La escalera estaba glacial, y el pasamanos empolvadísimo. No sé cómo me entró aquella indignación que no pude reprimir.