—Me muero, conozco que me muero. Es terrible morirse así, en este muladar... Dios me perdonará. ¿Está ahí José María? A él le encargo que no entre aquí ningún cura: ¡no, no quiero ver curas...! Ya me las arreglaré sola con Dios.

La fiebre era muy alta aquella noche, y estaba la pobre agitadísima.

—No quiero luz: ¿no he dicho que quería estar á obscuras? ¿Es que me quieren mortificar? —gritó moviendo mucho los brazos.

La alcoba quedó en tinieblas, y entonces me llamó para que le pusiera el termómetro y le observara la temperatura.

—Constantino me engaña siempre —me dijo—. Para él nunca paso de 39, y yo conozco, por este fuego de mi cuerpo, que debo de tener 41, 42, 50...

María Santísima, ¡qué volcán!

Le puse el termómetro debajo del brazo, y esperé sentado junto á la cama.

—¡Oh! ¡qué mal me siento! La cabeza se me abre, se me desvanece, se me va; se me arranca la vida... me muero esta noche. ¿Estarás aquí cuando dé las boqueadas?... ¿Me cerrarás los ojos? ¿Te dará horror verme tan fea y echarás á correr? Sí: lo estoy viendo, lo estoy viendo. Dios mío, yo he sido mala; pero no para tanto... Nada, lo que yo digo: si tú te hubieras casado conmigo, yo habría sido menos loca; pero no quisiste, y me dejaste en medio del arroyo.

Esta febril locuacidad me lastimaba, oprimiéndome el corazón. No cesaba de decirle:

—Serénate, cállate la boca, procura dormir. Estás un poco excitada de los nervios, y nada más.