—Mira ya el termómetro y no me engañes.
Salí al gabinete para observarlo á la luz. Marcaba 40 y tres décimas. ¡Qué mala cara debí de poner cuando lo estaba mirando!
—¿Ves?... no hay motivo para que te inquietes —declaré volviendo á su lado y guardando el termómetro—. Tienes 38 y unas décimas.
—¿Es de veras?
—¿Quieres verlo?
—¿No me engañas?
—Ya sabes que yo...
Pues se lo creyó; mas no por eso estuvo más tranquila en las horas que siguieron.
—Nada, nada: yo me muero esta noche. Siento que me desquicio, que la vida se me quiere escapar. ¡Qué espanto me da...! No, Señor, Dios mío: yo no me quiero morir, yo soy joven, yo no he sido mala... Si yo misma te lo he dicho, rezando: es que me he calumniado.
Tras larga pausa, en que la sentí murmurar vocablos ininteligibles como si rezara, volvió á expresarse con la misma agitación.