—No te digo que me perdones, porque sé que me perdonarás de todo corazón. ¿Y á tí, grandísimo pillo, quién te perdona? Porque tú eres tan malo como yo, quizás peor. A ver, hazte el valiente, confiésame en este momento solemne tus picardías. ¿A que no las confiesas? ¿No ves que me muero? Dame ese gusto. ¿Quieres que te dé el ejemplo? Pues te voy á confesar todo lo malo que he hecho, absolutamente todo.

Rebeléme contra aquel propósito, más bien nacido del desvarío febril que de un vigoroso móvil de conciencia.

—Si te pones así, me enfado; es que me enfado de veras. Me marcharé.

—No, eso nunca —exclamó rompiendo á llorar—. Quiero que estés aquí, que me veas cuando espire... ¿Llorarás? Dime si llorarás.

—Pero, mujer... ¡qué tonterías...!

—Dime si llorarás... Es que quiero saberlo.

—Bueno: pues sí, lloraré, y mucho.

—¿Y me besarás las manos?... las manos nada más, porque la cara... Se me quita la contrición cuando pienso en lo horrible que estaré. Pero acuérdate de cuando estuve guapa; acuérdate y cierra los ojos... ¿Me harás una caricia?... ¡Mira que si no, resucito y te...!

Hacía extraños gestos con los brazos. Yo se los metía entre las sábanas, recomendándole la tranquilidad en los términos más cariñosos.

—Hija mía, no hagas locuras. Vas á pasar una noche infernal.