—Sosiégate... Lo que yo digo es que eres una tonta si crees que el marido de hoy puede ser un formalito de éstos de aquí me ponen, aquí me quedo. Sería hasta ridículo, sería...

No me dejó acabar. En un tris estuvo que me tirara á la cabeza la cafetera. Con sacudida de violenta cólera, se puso á gritar:

—No estás tú mal... sinvergüenza... Déjame en paz.

«Ya te irás domando,» pensé al quedarme solo, y un instante después pasé al cuarto de Rafaelín, á quien hallé sentado en el suelo, entretenido en armar un teatro de cartón. Su media lengua me enteró otra vez de la mejoría de su mamá, y después preguntóme con palabras vertidas cautelosamente en mi oído, si yo me iba á quedar allí pa siempre. Respondíle que sí, y jugamos un rato. ¡Pobrecito niño! ¡Qué interés tan hondo despertaba en mí! Me lo habría llevado á mi casa, adoptándole por hijo, si su madre lo consintiera. Aquella madrugada, cuando me dormí en el diván, había visto en sueños á Eloísa muy mal perjeñada por las calles, con mantón pardo, pañuelo por la cabeza, las faldas manchadas de fango, llevando de la mano á Rafaelín, el cual tenía las botas rotas y enseñaba los tiernos dedos de los pies; el cuello envuelto en bufanda, y el cuerpo en roñoso gabancito. Esta visión me oprimía el pecho, más por el hijo que por la madre. ¡Ay! Esta campeaba en la indiferencia de mi alma, como en un desierto árido y vacío. Pasaba por ella sin dejar rastro ni huella en aquel inmenso arenal.

Sin hartarme de jugar con el pequeño ni de darle besos, salí de la casa. Eloísa se había despertado y sentía gran alivio. El médico me dijo que la resolución era rápida y segura. No quise entrar á verla, porque la estaban curando, y le dejé un afectuoso recado. En mis correrías de aquel día por Madrid, experimenté lo que yo llamaba la congestión espiritual de Camila en mayor grado que nunca. La llevaba en mi corazón y en mi cartera, y la ví entre los apuntes de mis operaciones como la mosca que se ha enredado en la tela de araña. La ví en la ahumada atmósfera de la Bolsa y entre los movibles y bulliciosos corros. Muy distraído estuve, y conociéndome, no me arriesgué á operaciones delicadas, porque desconfiaba de la claridad de mi sentido. Era como algunos borrachos, que, conocedores de su estado, tienen la sensatez relativa de no celebrar ningún contrato mientras están peneques.

Torres, Medina, Samaniego y otros me preguntaron por Eloísa, y á todos contestaba «bien... si no es nada... un simple flemón.» Manolo Trujillo, á quien acompañé un ratito, hablóme de ella con amor y entusiasmo. Me complací en destruir su ilusión pintándole lo desfigurada que estaba. ¡El infeliz exhalaba unos suspiros oyéndome...! Era yo cruel sin duda; pero me salía esta crueldad muy de dentro, y sentía un goce extraño y vengativo al decir á los que me hablaban de ella:

—Es un horror... no hay idea de fealdad semejante.

Volví á la calle del Olmo por la tarde, ¡y qué suerte tuve! El marqués de Cícero salía cuando yo entraba, Eloísa dormía, y Camila estaba sola. Se me arreglaron las cosas tan guapamente, que ni de encargo salieran mejor.

—No se harta de dormir la pobrecita —me dijo Camila sentándose junto á mí en el salón desierto, y sacando una obrilla de gancho con que se entretenía.

Ni caída del Cielo. Estábamos solos; nadie nos turbaba. No menté á Constantino ni hice alusión al disgustillo. Hablé tan sólo de mí, de aquella pasión loca que me consumía, y que por providencia de Dios había venido á ser fina, delicada, platónica, lo sublime de la amistad, si me era permitido decirlo así. ¡Oh! yo no deseaba que ella faltase á sus deberes; adorábala honrada; quizás infiel no la adoraría tanto. Me entusiasmaba su virtud, y por nada del mundo destruiría yo esta celestial corona tan bien puesta en sus nobles sienes... Yo no pretendía de ella sino un cariño puro, leal, diáfano como el mío, enteramente limpio de deshonra y malicia. No recuerdo si saqué á relucir también lo del armiño, que es de reglamento; pero de fijo no se me quedó por decir lo del altar en mi corazón y otras imágenes muy al caso.