Él se reía, y no cesaba de amenazar al marqués de Cícero. Le iba á freir, á abrirle un tragaluz en la barriga, á untarle de petróleo y pegarle fuego...

—¡Qué buen ayuda de cámara me he echado! Ya que eres tan amable, ten la bondad de decir á Micaela que haga café y me lo traiga aquí.

No había pasado un cuarto de hora, cuando sentí abrir la puerta. Hallábame en elástica, con la toalla sobre los ojos, la cabeza toda mojada, y no ví quién entró.

—Déjelo usted ahí —dije creyendo que era Micaela; mas no tardé en ver á Camila poniendo el café sobre la mesa.

—Hola, borriquita —exclamé, dejando salir de mi alma la alegría que la llenaba—. Dí una cosa: ¿y tu hermana?

—Durmiendo. Me parece que va bien.

—¡Contento está tu marido!... Pero ¿qué prisa tienes? ¿A dónde irás que más valgas? Oye...

Quise proceder con buena fe, pero no podía; la malignidad salía culebreando, como centella eléctrica, desde el corazón á la punta de mi lengua.

—Las mujeres prudentes no ponen esos hociquitos por un desliz del marido. ¡Pues tendría que ver! No seas inocente, no seas ridícula, no seas pueril. ¿Tú no has leído aquello de la Perfecta casada, que dice...?

—Yo no he leído nada ni me da la gana de leer papas —exclamó á gritos, hecha una leona.