—Lo soy, sí señor, soy liberal en idea, y deploro que el país entero no lo sea. Si no estuvieran tan arraigadas aquí las rutinas, la ignorancia, y, sobre todo, la docilidad para dejarse gobernar, otro gallo nos cantara. El absolutismo sería imposible y no habría apostólicos más que en el Congo o en la Hotentocia. Por desgracia, nuestro país no es liberal ni sabe lo que es libertad, ni tiene de los nuevos modos de gobernar más que ideas vagas. Puede asegurarse que la libertad no ha llegado todavía a él más que como un susurro. Es algo que ha hecho ligera impresión en sus oídos, pero que no ha penetrado en su entendimiento ni menos en su conciencia. No se tiene idea de lo que es el respeto mutuo, ni se comprende que para establecer la libertad fecunda es preciso que los pueblos se acostumbren a dos esclavitudes, a la de las leyes y a la del trabajo. A excepción de tres docenas de personas..., no pongo sino tres docenas..., los españoles que más gritan pidiendo libertad, entienden que esta consiste en hacer cada cual su santo gusto y en burlarse de la autoridad. En una palabra: cada español, al pedir libertad, reclama la suya, importándole poco la del prójimo...

—Luego usted —dijo don Felicísimo, que ya había recobrado la fijeza pétrea de su rostro— no es liberal al modo de acá.

—Lo soy al modo mío, según mi idea, y creo que estos principios, aprendidos donde no son solo principios, sino hechos, prevalecerán en todo el mundo y conquistarán todas las tierras, incluso España; pero cuando me detengo a calcular el tiempo que tardaremos en ser conquistados, me confundo, me mareo, porque cien años me parecen pocos para tan grande obra. De aquí mi escepticismo, que no es realmente escepticismo, sino tristeza. Creo en la libertad porque he visto sus frutos en otras partes; pero no creo que esa misma libertad pueda darlos allí donde hay poquísimos liberales, y de estos la mayor parte lo son de nombre. España tiene hoy la controversia en los labios, una aspiración vaga en la mente, cierto instinto ciego de mudanza; pero el despotismo está en su corazón y en sus venas. Es su naturaleza, es su humor, es la herencia leprosa de los siglos, que no se cura sino con medicina de siglos. He visto hombres que han predicado con elocuencia las ideas liberales, que con ellas han hecho revoluciones y con ellas han gobernado. Pues bien: esos han sido en todos sus autos déspotas insufribles. Aquí es déspota el ministro liberal, déspota el empleado, el portero y el miliciano nacional; es tiranuelo el periodista, el muñidor de elecciones, el juntero del pueblo y el que grita por las calles himnos y bravatas patrióticas. La idea de libertad, entrando súbitamente aquí a principios del siglo, nos dio fórmulas, discursos, modificó algo las inteligencias; pero, ¡ay!, los corazones siguen perteneciendo al absolutismo que los crió. Mientras no se modifiquen los sentimientos, mientras la envidia, que aquí es como una segunda naturaleza, no ceda su puesto al respeto mutuo, no habrá libertades. Mientras el amor al trabajo no venza los bajos apetitos y el prurito de vivir a costa ajena, no habrá libertades. No habrá libertades mientras no concluya lo que se llama sobriedad española, que es la holgazanería del cuerpo y del espíritu alimentada por la rutina; porque las pasiones sanguinarias, la envidia, la ociosidad, el vivir de limosna, el esperarlo todo del suelo fértil o de la piedad de los ricos, el anhelo de someter al prójimo, la ambición de sueldo y de destinos para tener alguien sobre quien machacar, no son más que las distintas caras que toma el absolutismo, el cual se manifiesta según las edades, ya servil y rastrero, ya levantisco y alborotado.

—Según eso —dijo don Felicísimo confuso—, usted considera a nuestro país inepto para las libertades. Por consiguiente, como no puede haber más que dos clases de gobiernos, y el liberal es imposible, tenemos que aceptar el absoluto.

—No —replicó el otro—, porque una ley ineludible arrastrará, mal de su grado, a España por el camino que ha tomado la civilización. La civilización ha sido en otras épocas conquista, privilegios, conventos, fueros, obediencia ciega, y España ha marchado con ella en lugar eminente; hoy la civilización, tan constante en la mudanza de sus medios como en la fijeza de sus fines, es trabajo, industria, investigación, igualdad, derechos, y no hay más remedio que seguir adelante con ella, bien a la cabeza, bien a la cola. España se pone las sandalias, toma su palo y anda: seguramente andará a trompicones, cayendo y levantándose a cada paso; pero andará. El absolutismo es una imposibilidad, y el liberalismo es una dificultad. A lo difícil me atengo, rechazando lo imposible. Hemos de pasar por un siglo de tentativas, ensayos, dolores y convulsiones terribles.

—¡Un siglo!

—Sí, y esta es la causa de mi tristeza. Yo me encuentro en la mitad de mi vida. He trabajado mucho por la idea salvadora; pero ya me siento fatigado y me reconozco sin fuerzas para esta labor inmensa, que será cada día más dura. Otros vendrán que arrimen el hombro a tan terrible carga. Yo no puedo más. Las circunstancias en que me encuentro, solo, sin familia, lleno de tedio y viendo cuán poco hemos adelantado en la cuarta parte de un siglo, me desaniman atrozmente. Reconozco que cuanto de mis fuerzas dependía ya lo hice; está mi conciencia tranquila y me retiro. Hasta hoy no he vivido para mí ni un solo día. Llega la hora del egoísmo: necesito vivir un poco para mí. No obteniendo gloria ni siquiera éxito, el sacrificio de mi existencia a un ideal sería estéril; pues vivamos siquiera un poco y descansemos. Sobre las ruinas de mis quiméricas ambiciones se levanta hoy una ambición grande, potente; la ambición de ser feliz, tener una familia y vivir de los afectos puros, humildes, domésticos. ¡Es tan dulce no ser nada para el público y serlo todo para los nuestros! Apartado de la política, deseando el olvido, miro a todas partes buscando un rincón en que ocultarme y a donde no llegue el fragor de la lucha.

Don Felicísimo movía la cabeza sonriendo. Creía firmemente que el caballero, su amigo y cliente, tenía la cabeza vacía de lo que llaman seso; pues ¿qué mayor locura, en aquellos agitados días, que no ser apostólico, ni absolutista, ni siquiera liberal?

Ya iba a decir algo muy ingenioso sobre esta enfermiza manía de no ser nada, absolutamente nada, cuando entró Pipaón, y estrechando con ímpetu amistoso la mano del caballero, le dijo:

—Enhorabuenas mil, queridísimo amigo. Vengo de ver a Su Excelencia, que ya ha leído las cartas que trajiste del señor don Alejandro Aguado, marqués de las Marismas, y de su parte te aseguro que puedes vivir aquí tan libremente como en el mismo París o Londres. El señor Aguado, como soberano absoluto del dinero, es una potencia de primer orden, una autoridad indiscutible. Ahora bien: considerando que el mencionado señor Aguado (Pipaón no abandonaba jamás su estilo de expediente) garantiza bajo su palabra de oro que vienes exclusivamente con la misión de comprarle cuadros para su rica galería, y además a asuntillos tuyos que nada tienen que ver con la política, se ha dado cuenta a Su Majestad de todo lo actuado, y Su Majestad se ha servido disponer que no se te moleste en lo más mínimo. Tendreislo entendido, y ahora, discreto amigo, ruégote que adoptes tu verdadero nombre y vengas a comer conmigo a mi casa, donde encontrarás personas que más desean verte que escribirte...