—La mitad... seis meses.
—La mitad... seis meses —repitió Carnicero, y su vocecilla salió de la espelunca de su boca rugiendo como el oso prehistórico—. Hagamos hoy nuestra escritura.
Tomando el pie de cabrón con su mano de corcho, dio un porrazo sobre la mesa que hizo temblar hasta en sus cimientos el montón de legajos.
Después rodó la conversación sobre diversos asuntos, y concluyó en política. Acerca de ella dijo el caballero lo siguiente:
—He perdido todas las ilusiones. He vivido mucho tiempo en España en medio de las tempestades de los partidos victoriosos, y mucho tiempo también en el extranjero en medio del despecho de los españoles vencidos y desterrados. La experiencia me ha hecho ver que son igualmente estériles los gobiernos que persiguen defendiéndose y los bandos que atacan conspirando. Yo he conspirado también algunas veces, y en aquellos trabajos oscuros he visto en derredor mío pocos móviles generosos y muchas, muchísimas ambiciones locas, apetitos y rencores que no se diferenciaban de los del despotismo más que en el nombre. La realidad me ha ido desencantando poco a poco y llenándome de hastío, del cual nace este mi aborrecimiento de la política, y el propósito firme de huir de ella en lo que me quedare de vida.
—Bien, bien —dijo don Felicísimo agitándose en su asiento y golpeando sus manos una con otra en señal de júbilo—. Es usted un enemigo más de esas endiabladas teorías constitucionales y de esas invenciones satánicas llamadas partidos, y del estira y afloja de Cortes que gobiernan y rey que reina, y hurga por aquí y escarba por allá, y el demonio que lo entienda... De pensar así a ser apostólico, proclamando esta gloriosa monarquía del porvenir, no hay más que un paso. Le veo a usted en el buen camino y en jurisdicción apostólica.
El caballero no pudo reprimir la risa que estas palabras provocaron en él.
—¡Yo apostólico! —dijo—. No espere tal cosa el señor don Felicísimo. Para que eso suceda será preciso que Dios varíe mi natural ser, y arranque de mí la memoria. Esa forma nueva del despotismo que se anuncia ahora será más brutal que cuantos despotismos se han conocido, porque sobre todos sus inconvenientes va a tener el de ser populachero. No es el absolutismo de Felipe II o de Luis XIV, grande, aristocrático, batallador, adornado de mil glorias militares y artísticas, y que disculpa sus atrocidades con grandes empresas y conquistas de mundos; va a ser un sistema de mojigatería y desconfianza, adicionado con todas las corruptelas de las camarillas que vienen funcionando desde los tiempos de Godoy. Se alimentará del suelo por dos grandes raíces, una que estará en las sacristías, claustros y locutorios de monjas, y otra que se fijará en las tabernas donde se reúnen los voluntarios realistas. Va a ser una tiranía ramplona que si es sufrida por nuestro país, lo que dudo mucho, pondrá a este en un lugar que no envidiará seguramente ninguna región del África.
Al oír esto, don Felicísimo hizo un gesto tan displicente que su cara se arrugó toda, y desaparecían los ojos, y los pliegues de sus labios se extendieron, multiplicándose y describiendo un número infinito de rayas hasta el último confín de las orejas.
—Según eso es usted liberal...