Tenía visita. Miramos, y en efecto, frente a la mesa estaba un caballero de muy buena presencia, el cual, si no tenía cuarenta años, andaba muy cerca de ellos. Vestía bien. Su rostro era moreno, su frente alta y hermosa, su complexión robusta, sin dejar de ser delicada, su modo de mirar triste, sus ojos negros y ardientes a la vez, como las noches de verano.
Carnicero leyó la carta, y dijo entre dientes: «bueno».
Después la puso bajo el pie de cabrón, y prosiguió lo que con aquel buen señor hablaba cuando llegamos.
—Decía que el negocio de usted es de los más delicados que he visto. Parte de la fortuna de su tío de usted, el señor canónigo de la Sonora, ha debido pasar al Monte Pío Beneficial de la diócesis de Pamplona. Lo que está en la escribanía de la Puebla de Arganzón puede ser recogido por usted si tiene valimiento y activa el asunto. ¿Por qué no se presentó usted a recoger su herencia cuando tuvo noticia del depósito? Ya me ha dicho usted que en aquellos días estaba emigrado y perseguido por las leyes. Pero eso no es una razón. Hoy también lo está usted, y si se le deja en paz y aun se le permite abandonar la farsa del nombre supuesto, es porque ha traído recomendaciones de altos personajes legitimistas... Yo..., puesto en lugar de usted, me decidiría a perder la mitad de la herencia del señor canónigo de la Sonora con tal de sacar libre la otra mitad, y confiaría mi pleito a un agente hábil y astuto que supiera mover los trastos y sacar adelante el negocio con toda prontitud.
—Ya lo he pensado —dijo el caballero—, y no tengo inconveniente en ceder la mitad de la herencia a la persona que arregle esta cuestión sacando del Monte Pío Beneficial de Pamplona lo que indebidamente ha sido llevado a él. ¿Quiere usted que hagamos el convenio ahora mismo?
Don Felicísimo pareció dudar. Su cara de fósil sufrió transformaciones ligerísimas en color y contextura, cual si estuviera sometida en un laboratorio a fuertes influencias químicas. Variaron sus mejillas del gris cretáceo al rojo de cinabrio, su frente se llenó de arrugas como un terreno que se cuartea a causa de un recalentamiento interior, y sus ojos cambiaron un momento la transparencia imperfecta del talco por el brillo del feldespato.
—La mitad, la mitad, y punto concluido —dijo el otro, que sin duda era más vivo que un azogue y gustaba de las resoluciones prontas—. Hagamos el contrato hoy mismo, y fijemos seis meses para el despacho del negocio. Si a los seis meses está resuelto, la mitad para mí, la mitad para usted.
Don Felicísimo empezó a balbucir excusas y a presentar sus muchos años y su retraimiento de los negocios como un obstáculo para emprender aquel que se le proponía. Habló mucho reconociéndose incapaz. Por los dos ángulos de su boca salía la saliva como una erupción bituminosa, que en aquellas concreciones y repliegues de la barba rapada se dividía en menudos arroyos. El taimado viejo ponderaba las dificultades del pleito y su ineptitud, sin duda porque no le parecía bastante la mitad y quería dos tercios de la herencia.
—La mitad —manifestó resueltamente el otro—. ¿Quiere usted, sí o no?
—Por ser usted recomendado del señor don Alejandro Aguado, marqués de las Marismas — replicó el viejo—, acepto y tomo a mi cargo su negocio.