—Sí, echa, echa de ese cuerpo dos docenas de barástolis, y yo te acompañaré echando cuatro... Ya era tiempo, ya era tiempo.
XXVI
Deseoso de que su dicha fuera realidad dentro del más breve plazo, don Benigno arregló sus papeles y pidió los de Sola, que estaban en un pueblo del reino de León. Entre tanto que venían aquellos malhadados documentos, sin los cuales no es posible encender cristianamente la antorcha de Himeneo, los futuros cónyuges vivían en intimidad honesta y dulce, en una especie de luna de miel de la amistad, en pleno reinado de la paz doméstica, cuyos encantos se multiplicaban con la deliciosa existencia campesina. Los días pasaban empujándose suavemente unos a otros, y cada uno de ellos tenía sobre sus propias alegrías la esperanza de las alegrías del siguiente. Nunca faltaba una operación de labranza, un paseo al monte, una merienda en las praderas del río, y nunca como en aquellas gratas ocasiones se le venían a la memoria al buen Cordero los pensamientos del filósofo de la libertad y la naturaleza. Tan pronto recitaba aquel pasaje en que Rousseau encomia las dulzuras de la amistad, como aquel otro en que hace el panegírico de las comidas rústicas preparadas por el ejercicio, sazonadas por el apetito, la libertad y la alegría. El anatema de los convites urbanos no es menos enérgico que la apología de las meriendas sobre la hierba.
Emprendiéronse las reformas de la casa con gran actividad. Cordero encargó a Madrid los regalos con que pensaba expresar a Sola la pureza de su afecto y la enormidad de su admiración. También ella hacía sus preparativos, aunque en pequeña escala, pues quería que los nuevos dominios que iba a poseer se rigieran por la ley de sus dominios antiguos, que era la modestia.
Solo una contrariedad agriaba el ánimo de Cordero, poniéndole de mal humor a ratos. Era que los papeles de Sola no venían. Era que en los libros parroquiales de La Bañeza había no sabemos qué embrollo o confusión, y quizás algo de ineptitud o mala fe en la persona comisionada para arreglar el asunto. Llegó el mes de agosto, y los dichosos papeles no parecían. A mediados de dicho mes, el cansancio de Cordero no podía ser mayor; y recordando que tenía en Madrid un amigo que era el mejor agente de negocios eclesiásticos de toda España, escribiole una larga carta encomendándole la reclamación y pronto despacho de aquel asunto, que era la clave de su dicha. En el sobrescrito puso: «Señor don Felicísimo Carnicero, calle del Duque de Alba, en Madrid».
¿Y qué? ¿Perderemos esta ocasión de trasladarnos otra vez a la Villa y Corte sin pagar costas de viaje? No mil veces; que estas ocasiones no se presentan todos los días. Callandito nos deslizamos dentro de la carta, y henos aquí en poder del ordinario de Toledo, que puntualmente la llevará a su destino, y a nosotros con ella.
Muy bien se va dentro de una carta. Además de que no hay mejor aposento que un pedazo de papel doblado, tenemos la ventaja de conocer los secretos que nuestras compañeras de viaje, las señoras letras, llevan consigo. Una oblea es llave de nuestra breve cárcel, y un dedo vacilante, rompiendo la frágil pared, nos devuelve la libertad.
Ya estamos.
Abierto el papel, salimos un poco estropeados y entumecidos a causa de la postura violenta que es indispensable en los viajes epistolares, y pronto nos hallamos frente a frente de una tabla que se esforzaba en ser semblante humano. Era don Felicísimo, que en aquel momento en que le vemos, decía:
—Permítame usted que lea esta carta.