—No sé —dijo—, ni me importa.
Después estuvo un momento confuso, porque aquel nombre sonaba en sus oídos de un modo extraño.
—Pues el día de nuestra salida, cuando tú estabas fuera de casa arreglando las cosas del viaje y yo en tu tienda charlando con el mancebo, llegó un caballero preguntando por ti. Preguntó por todos los de la casa, y dijo que no podía esperar porque tenía prisa. Se fue soltándonos su nombre, que era don Yo no sé cuántos Servet, y como por el empaque y el modo de vestir, por la arrogancia, el habla y el sonsonete del apellido me pareció francés, lo llamo monsieure.
Alelí pronunciaba esta palabra, así como toda palabra francesa, lo mismo que se escribe.
—¿Y no dejó recado?
—Que ya volvería. Pero la del humo. El mancebo y yo opinamos que es un extranjero de los que vienen a enredar y hacer revoluciones.
Don Benigno meditó un momento. Después desechó las ideas que le asaltaban, diciendo:
—No sé quién es, ni me importa. Ese apellido lo han llevado otras personas que ya no existen. Conque, padre Monumento, basta de sandeces y vamos de paseo. Jacobito, ven. Corre por delante: no te alejes de nosotros... Reverendísimo fraile, todo va bien, muy bien.
—Gracias a Dios... ¿Y para cuándo?
—Lo más pronto posible. Hoy mismo se pedirán los papeles. Barástolis...