Acercose Cordero a donde la voz sonaba, y vio a su venerable amigo en lo más bajo de una hondonada. Jacobito se había subido a los hombros del fraile, montando a horcajadas sobre su cuello, y desde aquella eminencia alargaba la mano con un palo, queriendo alcanzar el nido.

—Mírame aquí sirviendo de caballería al bergante de tu hijo... Lobezno, si coges el nido o lo rompes te tiro al suelo. No espolees, verdugo, que me rompes una clavícula. Benigno, por Dios, quítame este jinete y ayúdame a salir del hoyo.

—Abajo, abajo, atrevido, insolente chiquillo —dijo Benigno riendo—. ¿Pues qué, nuestro amigo es campanario?

Desmontose el muchacho, y Alelí, libre de tan molesto peso y ayudado de Cordero, salió del atolladero en que estaba. Arreglándose el hábito, tomó de la mano a su amigo y le dijo así:

—Ya me acuerdo qué tenía que decirte. Vaya con mi memoria, que está dando vueltas como una veleta, y tan pronto apunta al norte como al sur. ¿Sabes lo que tenía que decirte? Pues era que se susurra que Su Majestad napolitana está otra vez encinta. Como salga varón, ¡quién verá la cara que ponen mis señores los apostólicos!

—Eso me lo ha dicho usted catorce veces durante el viaje, tío Engarza-Credos.

—Dale bola, es verdad —repitió Alelí pegando en el suelo—. Pues no era eso. Era que... ¿qué era?

Después de una larga pausa diose un palmetazo en la frente, y agarrando a don Benigno por la solapa, tiró de él y le dijo:

—Ya lo pesqué... ya di con mi idea... ¡Cómo se escapan las ideas! Oye tú, don Sábelo Todo. ¿Quién es monsieure Servet?

Don Benigno miró al cielo.