—Sí, mucha calma. Empiece usted pronto. ¿Ha traído las herramientas?
—Si no sabía...
—¡Qué cachaza! Quiero que la casa sea una tacita de plata. La señora dirigirá las obras. Pensamos vivir aquí constantemente. ¿Qué hace usted que no toma medidas? ¡Qué cachaza! ¡Barástolis, barástolis!
El maestro se excusó de no haber empezado las obras que aún no estaban formalmente encargadas, y don Benigno, que en los momentos de mayor exaltación era hombre razonable, comprendió la justicia de las excusas y le dio otro abrazo. Juntos recorrieron la casa. Uniose a ellos Sola, y durante un rato no se habló más que de pies castellanos, de una puerta por aquí, de cuatro vigas por allá, de las paredes que debían empapelarse y de las que debían ser pintadas, del nuevo corredor para ir a la cocina, del cielo raso y de otras menudencias. Sola explanaba sus proyectos y deseos con una claridad admirable, demostrando en todo la elevación de su genio doméstico.
Cuando el maestro se retiró, Cordero y Sola hablaron larguísimo rato. Separáronse al fin, porque ella no podía abandonar ciertas ocupaciones de la casa, y cuando entró Sola en el cuarto donde estaban planchando se secó los ojos, que pestañeaban como si quisieran lloriquear un poquito. Después cantó entre dientes, apartando la ropa que iba a repasar.
Don Benigno salió a la huerta y de la huerta al campo, porque necesitaba dar un paseo largo que sirviera de expansión a su alma. Iba por en medio de los olivos, cuando oyó la voz de Alelí que decía:
—Benigno, ¿dónde estás?
La espesura de los árboles no permitía que se vieran.
—¿Dónde está usted, padre Monumento?
—Hijo, aquí estoy. Este enemigo malo, esta buena pieza de Jacobito me ha traído a estos andurriales para que viera un nido, y aquí estoy en una zanja de donde no puedo salir.