Y se acostaron todos. Don Benigno durmió con plácido sosiego, y soñó que estaba su cabeza circundada de una aureola, de un disco de luz como el que tienen los santos. Por la mañana, cuando se levantó y salió de su alcoba, persistía en él la ilusión de tener en su cabeza el nimbo y de estar despidiendo de sus sienes chorros de luz. Tomó su chocolate, encendió un cigarrillo, entró en la sala baja, y vio a Sola que estaba abriendo las maderas para que entrara el aire puro del campo, y al mismo tiempo para atar la cuerda donde se había de colgar la ropa que se estaba lavando. El otro extremo de la cuerda debía atarse en el moral grande que había en medio de la huerta. Don Benigno tomó la soga y salió muy contento de ayudar a su protegida en aquel trajín doméstico.

—Más fuerte —le dijo Sola riendo.

Si Cordero se atara la soga en el mismo cogollo de su corazón, no sintiera este más alborotado y palpitante.

—Más flojo —dijo Sola.

—¿Así?

—No tanto. Si se tira mucho se rompe, y si se afloja mucho, el viento se lleva la ropa. Ahora está bien.

Don Benigno volvió a la sala. Una gran cesta de ropa blanca aguardaba a la robusta moza que había de llevarla a la huerta. La moza salió; Sola se quedó allí mirando al campo. Don Benigno se acercó a ella. Ambos hablaron un rato, diciéndose todo lo más quince palabras que nadie pudo oír, ni aun el narrador mismo, que todo lo oye. La moza y dos criados más entraron. Salió don Benigno con la aureola de su cabeza tan crecida, que le parecía ir derramando una claridad celestial por donde quiera que iba. Pasó a la huerta, donde topó de manos a boca con un maestro de obras que había mandado venir de Toledo para encargarle las reformas de la casa.

Aunque don Benigno no le conocía, le dio un abrazo. Estaba muy nervioso; pero su discreción y buen juicio pugnaron por sobreponerse a aquella exaltación, y al fin pudo lograrlo.

—Maestro —dijo—, es preciso emprender las obras inmediatamente. Hay que derribar dos tabiques y construir una galería exterior sobre la huerta... En fin, la señora le dirá a usted; póngase usted a las órdenes de la señora. ¡Ah!... Lo principal es arreglar la pieza que va a ser gabinete de la señora, ¿me entiende usted?, gabinete de la señora. ¿Cuánto se tardará en las obras? Hay que concluirlas pronto; pero muy pronto. ¡Tienen ustedes una calma!...

—Señor...