Antes de que llegara la noche, don Benigno recorrió la casa, hallando en ella y en la distribución de sus escasos muebles tanta novedad y arreglo, que su corazón bailó de contento. Ya se conocía bien qué manos divinas habían andado por allí, y qué instinto sublime había hecho de un caserón un hogar, y del desmantelado hueco un delicioso nido.
—¡Qué admirable, qué encantadora manera de responder a mi proposición! —dijo Cordero para sí—. Me contesta con hechos, no con palabras. Estas paredes y estos muebles me responden por ella, diciéndome: «Nos ha arreglado la señora de la casa».
En la huerta halló Cordero nuevos motivos de admiración. No parecía la misma que él había dejado al regresar a Madrid. Todos los cuadros estaban sembrados de hortaliza; las gallinas, expulsadas de allí, tenían mejor acomodo en un local admirablemente elegido y dispuesto. La cerca, limpia y podada, reverdecía y echaba verdadera espuma de tiernos renuevos, como si en sus venas hirviera la savia; las callejuelas y paseos, admirablemente enarenados, parecían recibir con agradecimiento la blanda pisada del amo, cuando por aquellos frescos contornos se paseaba. La noria estaba ya compuesta, y no se desperdiciaba el agua, ni quedaba ningún canjilón roto. Toda la máquina funcionaba dando vueltas majestuosamente y sin chirridos, semejando una vida serena, arreglada y prudente que iba sacando del hondo depósito del tiempo futuro los días para vaciarlos serenamente en el manso río del pasado. A don Benigno se le antojaba que los árboles habían crecido, y en verdad que si no eran mayores, estaban verdes y lozanos por haber sido limpiados de todo el ramaje viejo y seco. Extendían los morales su fresquísimo follaje como diciendo: «Hemos echado estas hojas tan grandes y tan verdes para coronar a la señora de la casa».
—Parece mentira —dijo don Benigno sintiendo su garganta oprimida por un dogal de satisfacción, pues también hay dogales de gozo—; parece mentira, apreciable Sola, que haya hecho usted tantas maravillas con el poco dinero que le dejé. La casa está transformada y la huerta también. De este tugurio y de este rincón de tierra, ha hecho usted con su mano de oro un palacio y un edén.
Sola se ruborizó un poco, y dijo que era preciso echar abajo dos tabiques y plantar una nueva fila de árboles, y traer algunos muebles.
¿Muebles? ¡Ah! Don Benigno habría traído, si en su mano estuviera, el trono de las Españas para sentar en él a la que de este modo inundaba su alma y su vida de esperanza y de alegría. Al hablar de las reformas de la finca, Sola hablaba ingenuamente el lenguaje de la señora de la casa. Y en esto no había afectación de ninguna clase, ni menos desenfado de advenediza, sino que se expresaba así porque todo aquello le parecía suyo y muy suyo de hecho, aunque no mediasen las circunstancias que de derecho se lo iban a dar.
Cenaron. La cena fue alegre y opulenta. Abundante caza, sabrosos salmorejos, perdices escabechadas; estofado de vaca, que propagó por toda la casa su exquisito olor de refectorio; legumbres fritas en menestra, festoneada con ruedecillas de huevos duros; vino viejo de Esquivias, y luego un bandejón de albaricoques de la finca, frescos, ruborizados, y echando pura miel por aquella boquirrita con que se pegaban al árbol, compusieron la colación. En la mesa se contaron cosas de los Cigarrales y cosas de Madrid. Llevaba en esto la palabra el fraile, que en tocando a hablar se parecía a la noria tal como estaba antes, echando agua sin concierto ni orden. Más de una vez se quedó parado y lelo, diciendo:
—Benignillo, yo tenía que contarte una cosilla... ¡Ah!, ya caigo —añadía dando un grito. Y después decía—: Pues no: se me fue. Me anda dando vueltas por el magín y no la puedo atrapar.
Con estas cosas se acabó la cena y el fraile rezó el rosario, contestado por Benigno y Sola, porque Crucita y los cuatro muchachos se quedaron dormidos, teniendo entre los dientes el último hueso de albaricoque y el primer padrenuestro.
—Ite, mensa est. A acostarse todo el mundo —gritó al concluir Alelí—. Estamos muertos de cansancio.