El cortesano miró el reloj, añadiendo con socarronería:

—No, no es hora todavía... ¿Llevarás a mal lo que he hecho? ¡Qué demonios! Si supieras el interés que tiene por ti... Te quiere como a un hijo.

Salvador no dijo cosa alguna concreta acerca de este inopinado amor de madre que la señora le tenía, y volviendo al tema pasado riose mucho de los lances cómicos ocurridos con su supuesta persona, y principalmente de haber sido confundido con dos hombres que habían de ser pronto celebridades del siglo, si bien de orden muy distinto: Espronceda y Candelas. Dijo luego que al volver a Francia de vuelta de Cataluña, había seguido ayudando a Mina en sus planes; pero que, desde la intentona del año 30, había cesado en sus trabajos, renunciando para siempre y con decidido propósito a la política. Desde que tal resolución tomó, habíase aplicado a buscar los medios de volver libremente a España, donde le llamaban afectos nobles y una regular herencia por recoger. Tuvo la suerte entonces de conocer a don Alejandro Aguado, el cual le empleó en diferentes comisiones en Bélgica e Inglaterra. Sirvió con celo y habilidad al banquero, y este se encargó de abrirle las puertas de España. Quiso traerle cuando vino Rossini en marzo del 31; pero entonces no fue posible. A la vuelta de Aguado a Francia, el célebre contratista dio a Salvador el encargo de reunirle cuadros para su afamada colección (que hoy puede admirarse en el Louvre), y a fin de hacerle posible la residencia en España, escribió en su obsequio cartas de recomendación, de esas que todos los obstáculos allanan, y vencen dificultades que al oro mismo son rebeldes. Aguado era el prestamista del Tesoro español; tenía en su mano la fortuna pública y gran parte de la privada de esta nación venturosísima. Por estas causas, sus relaciones en Madrid eran sólidas, y su firma como una especie de fórmula abreviada del evangelio.

A principios de 1831 tuvo don Felicísimo correspondencia con Aguado, con motivo de ciertos negocios de los Santos Lugares que este arregló en París y Roma. Concluidas y zanjadas las cuentas a gusto de ambos, lo mismo el banquero que el agente eclesiástico deseaban ocasión de servirse mutuamente, y como en poder de Carnicero obraba todavía una cantidad, resto de la negociación realizada y de la cual debía disponer Aguado, este suplicó a su amigo la entregase al señor don Jaime Servet, su deudo y corresponsal, que llegaría a Madrid en época concertada. Reservadamente enteraba Aguado a Carnicero de quién era este Servet y de su verdadero nombre, así como de los propósitos pacíficos que llevaba a Madrid, por lo cual esperaba que le ayudase en todo. Con esto y con las cartas que Salvador trajo para Calomarde, Varela, Ballesteros y la reina Cristina, no fue difícil que al llegar a Madrid dejase su falso nombre, entrando en el pleno goce de lo que podría llamarse derechos civiles, y que era en realidad tolerancia o benignidad del gobierno absoluto. La carta para Cristina, que entregó el primer día, fue, como es de suponer, eficacísima, y todo lo demás se le hizo fácil. Ya tenemos noticia de las buenas disposiciones de Carnicero, el cual miraba al señor Aguado como a un Dios; pues en aquel espíritu el furor apostólico no excluía la adoración de becerros de oro con todos los servilismos que este culto insano trae consigo.

Ya habían concluido de comer y estaban de sobremesa fumando excelentes puros, cuando sonó la campanilla, y Pipaón dijo a su amigo:

—Me parece que ya está ahí. Es puntual como la hora triste.

Salvador hizo una pregunta interesante por demás, a la cual contestó el tunante de Pipaón con sonrisa maliciosa y en voz tan baja, que el narrador se quedó en ayunas. Es evidente que la pregunta se refería a la señora que en aquel momento a la puerta llamaba, y también lo es que Pipaón contestó con un nombre. Lo único que pudimos percibir de este oscurísimo coloquio, fue la observación de Salvador, diciendo:

—Me lo figuré... Le vi en Francia... ¡Qué cosas!

Era ella, en efecto. Salvador, dejando a su amigo, fue a la sala, donde la encontró de pie, fijos los ojos en la puerta. Se saludaron con afecto, demostrándose el uno al otro sentimientos de amistad y alegría por verse después de tanto tiempo. En ella había cierto alborozo del alma que luchaba por encerrarse en el círculo de lo que se llama satisfacción en lenguaje de urbanidad, y en él había frialdad que se mostraba de improviso, rompiendo el velo de expresiones convencionales con que las quería cubrir. Ella estaba turbada, tan turbada, que después de los primeros saludos decía una cosa por otra; él no parecía sereno, pero se recobró antes que ella, y fue el primero que rio. ¡Sabe Dios cuál sería el último!

La discreción, que en el uno emanaba naturalmente del desamor y en la otra del remordimiento, les llevó a una conversación en que ni por incidencia se tocó ningún punto de la vida pasada de ambos. Hablaron del tiempo y de política, los dos temas obligados en toda reunión donde no hay nada de qué hablar. Allí parecía más bien que ella y él temían abordar otros asuntos. Lo único que se permitió Jenara, fuera de los lugares comunes de la política y el tiempo, fue algunas exhortaciones que demostraban bastante interés por el que fue su amigo.