—No te fíes de esta gente, ni de la buena acogida que te han hecho —le dijo—. Esta canalla es más temible cuanto más halaga, y cuando parece que perdona, es que prepara el golpe de muerte. La protección de la reina Cristina, que tanto considera al señor Aguado, te servirá de mucho mientras haya tal reina; pero, hijo, aquí no hay nada seguro; estamos sobre un abismo. Al rey le repiten ya con más frecuencia los ataques de gota, y el mejor día nos quedamos sin él. Ya supones lo que pasará en la botella de cerveza el día que le falte el corcho. Muerto el rey, adiós reina y Roque; se armará aquí una marimorena de todos los demonios; el bando apostólico será dueño del reino y nos hará gustar las delicias del gobierno de Cafrería. Como no me resigno a que me gobiernen a la africana, tengo todo preparado para marchar en cuanto haya síntomas; así, desde que el rey cojea del pie izquierdo, ya me tienes haciendo las maletas. Prepárate tú también, y no te fíes de la protección de Cristina, un ídolo a quien derribará de su pedestal el último suspiro del rey.
Conviniendo en muchas de estas apreciaciones, respondió Salvador que por nada del mundo volvería a la emigración, y que resuelto a huir de la política, esperaba que nadie le molestaría. No queda duda alguna de que la hermosa dama, oyéndole hablar, sentía en su alma eso que no se puede designar sino diciendo que la agobiaba un formidable peso. Claramente decían sus ojos que tras de la fórmula artificiosa y vana que articulaban los labios, había una reserva de palabras verdaderas, que al menor descuido de la voluntad saldrían en torrente diciendo lo que ellas solas sabían decir. Que se echara fuera, por capricho o audacia, una palabra sola, y las demás saldrían vibrando con el sentimiento que las nutría. Por un instante se habría creído que el volcán (demos al fenómeno referido su convencional nombre metafórico), llegaba al momento supino de la erupción, echando fuera su lava y su humo. Salvador tembló al ver con cuánto afán, digno de mejor motivo, contaba la señora las varillas de su abanico, pasándolas entre los dedos cual si fueran cuentas de rosario, y mirándolo y remirándolo como si él también hablase. Después alzó la dama los ojos, que empañados tenía, cual si fluctuara sobre aquel cielo azul la niebla del lloriqueo, y echando sobre su amigo una mirada que era más bien explosión de miradas, desplegó los labios, empezó una sílaba, y se la tragó en seguida juntamente con otras muchas que estaban entre los lindos dientes esperando vez. La señora se sometió a sí misma con formidable tiranía, y en vez de aquello que iba a decir, no dijo más que esto:
—Hoy me han regalado una cesta de albaricoques.
A esta noticia insignificante contestó Monsalud diciendo que a él le gustaban poco los albaricoques, y que delante de un racimo de uvas no se podía poner ninguna otra especie de fruta. Con esto se empeñó un eruditísimo coloquio sobre cuáles eran las mejores frutas, defendiendo la señora, con argumento irrebatible, el melón de Añover y los albaricoques de Toledo, pasando la conversación a los Cigarrales, y, por último, a don Benigno Cordero, a cuya obsequiosa amistad debía Jenara la cestilla mencionada. Entonces el otro dio en hacer preguntas y más preguntas sobre la honrada familia del encajero, y Jenara dio en responderle con malísima gana y con tanta avaricia de palabras como liberalidad de movimientos para darse aire con el abanico. Creeríase que se estaba azotando el seno para castigarle de haber engrosado más de la cuenta, y así todos los faralaes de su vestido en aquella parte se agitaban como flámulas y gallardetes en día de festejo y de temporal. De repente la señora cortó la conversación diciendo:
—Son las seis, y Micaelita me espera para ir al Prado. Yo estoy libre también; ya me ha dicho hoy don Felicísimo, por encargo del esposo de la jorobada (Calomarde), que se acabó la tontería de mi persecución.
Salvador manifestó alegrarse de tal franquicia, y no dijo sino palabras frías y convencionales para retener a la dama en la visita. También habló de su próximo viaje a Toledo. Levantose ella, y sus bellos ojos ya no echaban de sí sentimientos amorosos, sino un chisporroteo de orgullo. Despidiose secamente diciéndole: «Nos veremos otro día»; y se retiró majestuosa, como soberana que no sabe lo que es abdicar, y antes consentirá en equivocarse mil veces que en ceder una sola.
XXVIII
A principios de septiembre, todavía el benignísimo don Benigno no había podido allanar aquel endiablado obstáculo de los papeles. Nada de provecho contestaba el agente, y todo era dilaciones, por lo cual Cordero, que ya iba perdiendo la paciencia, determinó hacer un viaje a Madrid para comunicar algo de su inquietud y de su prisa al señor Carnicero. El héroe había resuelto encontrar los papeles, aunque tuviera que ir por ellos a la misma villa de La Bañeza o al fin del mundo. Así lo dijo al partir, despidiéndose para poco tiempo.
Dos días después de su partida estaba Sola en una de las piezas altas, ocupada, por más señas, en pegar botones a una camisa de su futuro esposo, cuando recibió aviso de que un señor acababa de llegar a la finca y deseaba hablar con la señorita. Comprendiendo al punto quién era, Sola se quedó como estatua, sin habla, sin ideas en la cabeza, sin sangre en las venas, sintiendo una alegría disparatada, que al mismo tiempo era pena muy viva, y miedo y cortedad de genio. Ella sabía quién era el visitante; se lo decía aquel mismo azoramiento súbito en que estaba, y el horrible salto de su corazón alarmado. Tuvo noticia por don Benigno, dos semanas antes, de la aparición de Salvador en Madrid, padeciendo con esto un trastorno general en sus ideas. Pocos días después había recibido una carta del mismo, anunciándole visita, y desde que recibiera la carta, el barullo de sus ideas y la estupefacción de su alma habían aumentado. Grandes cosas se preparaban sin duda, anunciándose en la infeliz joven con sentimientos de miedo y espasmos de alegría. Armándose de valor, se dispuso a recibir al que un tiempo se llamó su hermano. Mientras se arreglaba un poco para presentarse a él, miró por la ventana. Allá abajo, entre los olivos, había un caballo, sujeto por un muchacho de la casa. Era el caballo de él. La puertecilla de la huerta, donde se pasaba para llegar a la casa, estaba abierta. Él la había dejado abierta al pasar. En la salita baja se sentían pasos. Eran sus pasos.
Sola bajó, apoyándose fuertemente en el barandal para no bajar de cabeza. Entró en la salita... ¡Qué grueso, qué moreno!... ¡Tenía algunas canas!... Sola no pudo decir nada, y se dejó abrazar fuertemente.