—¡Ay! —exclamó sintiéndose inerte entre los brazos de su hermano, que parecían de hierro.

Sola no se hacía cargo de nada. Estaba pálida y con los labios secos, muy secos. No se dio cuenta de que él se sentó en un sofá de paja, que era el principal adorno de la salita; no se dio cuenta de que él, tomándole las manos, la llevó al mismo sofá y la sentó allí como se sienta una muñeca; no se dio cuenta tampoco de que Salvador dijo:

—Ya sé que no está don Benigno; ¡cuánto lo siento!

Sola no hacía más que mirarle asombrada, encontrándole grueso, no tan grueso que perdiera su gallardía de otros tiempos; asombrada de verle mucho más moreno y curtido que antes y con algunas manchas de canas en el cabello.

—¡Me miras las canas! —dijo él—. Estoy viejo, hermana, viejo de todo. A ti te encuentro más guapa, más mujer, más saludable. Ya sé que eres tan buena como antes o más buena aún, si cabe. El marqués de Falfán me ha hablado mucho de ti, y me contó tu grave enfermedad. ¡Pobrecita! También sé que no has recibido mis cartas desde hace dos años, como no las recibió Falfán ni otros amigos míos. Es una traición de Bragas, aunque él jura y perjura que no ha recibido paquetes míos en mucho tiempo. La última carta que me escribiste, la recibí en Inglaterra hace dos años. Después, yo escribía, escribía, y tú no me contestabas.

Hablaron un rato de aquel extravío de cartas, que no podía ser sino pillada de Pipaón, falaz intermediario; pero como ya el mal había pasado, no tenía remedio; dejaron de hablar de ello para ocuparse de cosas más vivas y más interesantes para uno y otro.

—¡Cuántos años sin verte! —dijo él mirándola de tan buena gana que bien se conocía el largo ayuno que de aquellas vistas habían tenido sus ojos.

—El marqués de Falfán —repitió ella—, que iba algunas veces a la tienda de don Benigno y siempre me hablaba de ti, me contó que pasando él la frontera cierto día del año 27 te encontró. Ibas a caballo, disfrazado, y te habías puesto el nombre de Jaime Servet. Este nombre se me quedó tan presente, que lo dije muchas veces cuando estaba delirando. Después de esto me escribiste desde París. Un día que fuimos a ver entrar a la reina Cristina a casa de Bringas, me dio Pipaón una carta tuya; fue la última. Poco después, el marqués de Falfán me dijo que tenía ciertos indicios para creer que habías muerto.

Salvador le contó luego a grandes rasgos los principales sucesos de su vida en el período de ausencia, y le explicó las causas de su venida a España. Lo que más sorprendió a Sola de cuanto dijo su hermano, fue aquel aborrecimiento a la política y al conspirar. Salvador le dijo:

—Cuando el hombre se enamora desde su niñez de ciertas ideas, o sea de lo que llamamos ideales..., no sé si me entiendes..., y se lanza a trabajar en ellos, se crea una vida artificial. Las ambiciones, la sed de gloria y el afán de todos los días la forman. Así pasa el tiempo y así consume el hombre las fuerzas de su alma en un combate con fantasmas. Cuando hay éxito, querida hermanita; cuando Dios dispone las cosas para que determinados hombres en determinados países sean instrumentos de planes providenciales, entonces la vida que he llamado artificial puede dejar de serlo, mudándose en realidad hermosa. Pero cuando no hay éxito, cuando después de mucho desvarío hallamos que todo es quimera, sea por el tiempo, por el lugar, o porque realmente no valemos para maldita de Dios la cosa, resulta uno de estos dos fenómenos: o la desesperación, o el recogimiento y el deseo de la vida vulgar, tranquila, compartida entre los afectos comunes y los deberes fáciles. Yo he querido optar por lo segundo, que es más natural. Un poeta, hablando de estas cosas, dijo: Es como una encina plantada en un vaso: la encina crece y el vaso se rompe. Yo creo que en la generalidad de los casos hay que decir: El vaso es muy duro y la encina se seca, y este es el caso mío, querida.