Sola dio un suspiro por único comentario.
—La encina se seca —añadió Monsalud—. En mí se empezó a secar hace tiempo, y ya quedan en ella muy pocas ramas con vida; pero a su sombra ha nacido un árbol modesto que vivirá más, y a falta de laureles dará frutos... Pronto tendré cuarenta años. ¡Si vieras tú qué efecto tan raro nos hace el vernos cerca de esta edad y reconocer que no hemos vivido nada en tan larga juventud! Porque un hombre puede haber emprendido muchas cosas, haber estudiado, leído y haber querido a muchas mujeres, y, sin embargo, encontrarse el mejor día con la triste seguridad de no ser nada, ni saber nada, ni amar a nadie. Pronto empezaré a ser viejo. ¡Qué triste cosa es la vejez sin otros goces que las memorias de una juventud alborotada, ni más compañía que el rastro que dejaron todos aquellos fantasmas y figurillas al convertirse en humo!... Se me figura que comprendes esto perfectamente... ¿Pero a que no sabes cuál es ahora la aspiración de mi vida?
—Ya me lo has dicho, no ser nada.
—Pues aspiro a ser el vecino tal, de tal calle, de cuál pueblo; nada más que un vecino, querida. ¿Crees que esto es fácil? Mira que no lo es. La vida errante me fatiga, la vida solitaria me entristece. Para ser vecino de tal calle, es preciso fijarse y tener compañía que nos ate con cuerda de afectos y deberes. No hay nada que tan dulcemente abrume al hombre como el peso de un techo propio.
Esta frase, dicha así como sentencia, conmovió a Sola hasta lo más profundo de su alma. Por un momento creyó que todo se volvía negro en su alrededor.
—¿Qué dices a esto? —le preguntó él—. Hace un año, hallándome en París, curado ya de la manía del vivir quimérico, y prendado de amores por la vida posible, por la vida que no temo llamar vulgar, te escribí manifestándote lo que pensaba.
—¡A mí! —exclamó Sola, figurándose en el acto, como por inspiración divina, la carta que no había recibido, y viéndola toda letra por letra.
—A ti... Ya sé que no la recibiste. Sería preciso desollar vivo a Pipaón. En mi carta te consultaba, te pedía consejo. Fue aquel un tiempo en que tú te realzabas a mis ojos de un modo nuevo, y no iba mi pensamiento a ninguna parte sin tropezar contigo. Siempre había admirado yo tus virtudes, siempre había sentido por ti un afecto entrañable; pero entonces todos los sueños de la vida posible venían a mi cerebro como envueltos en ti; quiero decir que todas las ideas de esta nueva existencia y las imágenes de mi reposo y de mi felicidad futura, se me presentaban como un contorno de tu cara. Esto es concluir por donde otros han empezado, esto es cosa de mozalbetes; pero los que no han sabido vivir la vida del corazón cuando niños, la viven cuando viejos, y así...
La miró un rato, y viéndola perpleja, él, que gustaba de expresar las cosas con prontitud y claridad, le dijo en un galanteo máximo todo lo que tenía que decirle. Sus palabras fueron estas:
—Y así, vengo a proponerte que nos casemos.