Sola no estaba ya confusa, sino espantada. Se mordía un labio y la yema de un dedo. Se los mordía tan bien, que a poco más arrojara sangre. Al mismo tiempo miraba al suelo, temerosa de mirar a otra parte. Su alma estaba, si es permitido decirlo así, como una grande y sólida torre que acababa de desplomarse sacudida por terremotos. No acertaba a pensar cosa alguna derechamente, ni a concretar sus ideas para formar un plan de respuesta. Salvador le tomó una mano. Entonces ella, herida de súbito por no sé qué sentimiento, por el pudor, por la dignidad tal vez, o quizás por el miedo, retiró su mano y dijo:

—Soy casada.

—¡Tú!...

—Como si lo fuera. He dado mi palabra.

—En Madrid me dijeron eso como una sospecha. Yo creí que era falso.

—Es cierto —dijo Sola que, recobrándose con gran esfuerzo, luchaba con sus lágrimas para que no salieran—. Si no hubieran ocurrido ciertos entorpecimientos, ya estaría casada con el mejor de los hombres.

A Salvador tocó entonces morderse el labio y la coyuntura del dedo índice de su mano derecha. Sola invocó mentalmente a Dios, tomó fuerzas de su valeroso espíritu y de la idea del deber, que era siempre su confortante más poderoso, y quiso dominar la situación haciendo el panegírico de su futuro esposo.

—Hay un hombre —dijo— a quien debo la vida, de quien he sido hija cuando no tenía padre ni hermano. Siente por mí un respeto que yo no merezco, y un cariño que no podré pagar con cien vidas mías. Cuantos miramientos, cuantas atenciones se puedan tener con una persona amada, ha tenido él para mí. Yo he pedido a Dios que me diera algo con que poder pagar beneficios tan grandes, y Dios ha puesto en mi corazón lo que me hacía falta. Ese hombre ha querido tener casas, tierras, criados, para que yo fuera señora de todo, y él mío por toda la vida.

Salvador miró por la ventana los árboles, la deliciosa paz y abundancia que todo aquel conjunto rústico expresaba. Sintió el corazón oprimido de pena y lleno de la noble envidia que infunde el bien no merecido. En la ventana que frente a él estaba, un arbolillo, agitado por el viento, tocaba con sus ramas los vidrios. Varias veces durante el curso del diálogo precedente, Salvador había mirado allí creyendo que alguien llamaba en los vidrios. Ya llegado el momento de su desengaño, miró la rama, y viendo que daba más fuerte, murmuró: «Ya me voy, ya me voy».

Volviéndose otra vez a Sola, le dijo: