—Me has hablado en un lenguaje que no admite réplica. No debo quejarme, pues he venido tarde, y habiendo tenido el bien en mi mano durante mucho tiempo, lo he soltado para seguir locamente un camino de aventuras. Pero algo me disculparán mi desgracia, mi destierro y también mi pobreza, causa de que antes no te propusiera lo que ahora te propongo. Aquí me tienes razonable, con esperanzas de ser rico, y a pesar de tales ventajas, más desgraciado y más solo que antes.
Animada por el triunfo que había obtenido en su espíritu, Sola quiso ir más allá, quiso hacer un alarde de valentía diciendo a su amigo: ya encontrarás otra con quien casarte; pero cuando iba a pronunciar la primera sílaba de esta frase triste, no tuvo ánimos para ello y fue vencida por su congoja. No dijo nada.
—Yo quería —dijo Salvador no desesperanzado todavía— que meditaras...
Sola, que vio un abismo delante de sí, quiso hacer lo que vulgarmente se llama cortar por lo sano.
—No hables de eso... —dijo—. No puede ser... Figúrate que no existo.
Sin darse cuenta de ello, le miró con lágrimas. Pero sobrecogida repentinamente de miedo, se levantó y corriendo a la ventana se puso a mirar los morales al través de los vidrios. Allí la infeliz imaginó un engaño o salida ingeniosa para justificar su emoción. Volviose a él, segura de salir bien de tal empeño.
—¿Sabes por qué lloro? Porque me acuerdo de tu pobre madre, que murió en mis brazos, desconsolada por no verte... Dejome un encargo para ti, un paquetito donde hay una carta y varias alhajas, encargándome que a nadie lo fiara y que te lo diera en tu propia mano. ¡Y yo tan tonta que no te lo he dado aún, cuando no debí hacer otra cosa desde que entraste!... Lo que me confió tu madre no se separa nunca de mí... Aquí lo tengo y voy a traértelo.
Sin esperar respuesta, Sola subió a su habitación, y al poco rato puso en manos de Monsalud un paquete cuidadosamente cerrado con lacres. Salvador lo abrió con mano trémula. Lo primero que sacó fue una carta, que besó muchas veces. En pie al lado de su amigo, que continuaba en el sofá de paja, Sola no podía apartar los ojos de aquellos interesantes objetos. La carta tenía varios pliegos. Salvador pasó la vista rápidamente por ellos antes de leer.
—¡Mira, mira lo que dice aquí! —exclamó señalando una línea—. Mi madre me suplica que me case contigo.
—Te lo suplicaba hace mucho tiempo —dijo Sola, disimulando su pena con cierta jocosidad afectada, que si no era propia del momento, venía bien como pantalla.