—Necesito una hora para leer esto —dijo Monsalud—. ¿Me permites leerlo aquí?

Sola miró a las ventanas, y por un momento pareció aturdida Su corazón atenazado le sugería clemencia, mientras la dignidad, el deber y otros sentimientos muy respetables, pero un poco lúgubres, como los magistrados que condenan a muerte con arreglo a la justicia, le ordenaban ser cruel y despiadada con el advenedizo.

—Mucho siento decírtelo, hermano —manifestó la joven sonriendo como se sonríe a veces el que van a ajusticiar—, lo siento muchísimo; pero... pronto anochecerá. Tú, que estás ahora tan razonable, me dirás si es conveniente...

—Sí, debo marcharme —replicó Salvador levantándose.

—Debes marcharte y no volver... y no volver —afirmó ella marcando muy bien las últimas palabras.

—¿Y qué pensaré de ti?

Sola meditó un rato y dijo:

—¡Que me he muerto!

Se apretaron las manos. Sola miraba fijamente al suelo. Fue aquella la despedida de menos lances visibles que imaginarse puede. No pasó nada, absolutamente nada, porque no puede llamarse acontecimiento el que doña Sola y Monda se acercase a los vidrios de la ventana para verle salir y que le estuviese mirando hasta que desapareció entre los olivos, caballero en el más desvencijado rocín que han visto cuadras toledanas. Ni es tampoco digno de mención el fenómeno (que no sabemos si será óptico o qué será) de que Sola le siguiese viendo aun después de que las ramas de los olivos y la creciente penumbra de la tarde ocultaran completamente su persona.

La noche cayó sobre ella como una losa.