Fatigado y displicente, con los hábitos arremangados y su gran caña de pescar al hombro, subía el padre Alelí la cuestecilla del olivar. Ya era de noche. Los muchachos acompañaban al fraile, trayendo el uno la cesta, otro los aparejos y el pequeño dos ranas grandes y verdes. Esto era lo único que el reino acuático había concedido aquella tarde a la expedición piscatoria de que era patrón el buen Alelí. Todas nuestras noticias están conformes en que tampoco en las tardes anteriores fueron más provechosas la paciencia del fraile y la constancia de los muchachos para convencer a las truchas y otras alimañas del aurífero río de la conveniencia de tragar el anzuelo; por lo que Alelí volvía de muy mal talante a casa, echando pestes contra el Tajo y sus riberas.

Todavía distaba de la casa unas cincuenta varas, cuando encontró a Sola que lentamente bajaba como si se paseara, saliendo al encuentro de las primeras ondas de aire fresco que de los cercanos montes venían. Los niños menores la conocieron de lejos y volaron hacia ella, saludándola con cabriolas y gritos, o colgándose de sus manos para saltar más a gusto.

—¿Usted por aquí a estas horas? —dijo Alelí deteniendo el paso para descansar—. La noche está buena y fresquecita. ¿Querrá usted creer que tampoco esta tarde nos han dicho las truchas esta boca es mía? Nada, pasan por los anzuelos y se ríen. Esos animalillos de Dios han aprendido mucho desde mis tiempos, y ya no se dejan engañar... Hola, hola, ¿no son estas pisadas de caballo? Por aquí ha pasado un jinete. Dígame usted: ¿ha enviado Benigno algún propio con buenas noticias?

Sola dio un grito terrible, que dejó suspenso y azorado al bondadoso fraile. Fue que Jacobito puso una de las ranas sobre el cuello de la joven. Sentir aquel contacto viscoso y frío y ver casi al mismo tiempo el salto del animalucho rozándole la cara, fueron causa de su miedo repentino; que este modo de asustarse y esta manera de gritar son cosas propias de mujeres. Alelí esgrimió la caña como un maestro de escuela, y dio dos cañazos al nene.

—¡Tonto, mal criado!

—No, no han venido buenas noticias —dijo Sola temblando.

Aquella noche cenaron como siempre, en paz y en gracia de Dios, hablando de Cordero y pronosticando su vuelta para un día próximo. La vida feliz de aquella buena gente no se alteró tampoco lo más mínimo en los siguientes días. Sola estaba triste; pero siempre en su puesto, siempre en su deber, y todas las ocupaciones de la casa seguían su marcha regular y ordenada. Ninguna cosa faltó de su sitio, ni ningún hecho normal se retrasó de su marcada hora. La reina y señora de la casa, inalterable en su imperio, lo regía con rectitud pasmosa, cual si ninguno de sus pensamientos se distrajese de las faenas domésticas. Interiormente fortalecía su alma con la conformidad, y exteriormente con el trabajo.

Fuera de algunos breves momentos, ni el observador más perspicaz habría notado alteración en ella. Estaba como siempre, grave sin sequedad, amable con todos, jovial cuando el caso lo requería, enojada jamás. Sin embargo, cuando Crucita y ella se sentaban a coser, podían oírse en boca de la hermana de don Benigno observaciones como esta:

—Pero, mujer, está Mosquetín haciéndote caricias, y ni siquiera le miras.

Sola se reía y acariciaba al perro.