—Hace días que estás no sé cómo... —continuaba el ama de Mosquetín—. Nada, mujer, ya vendrán esos papeles; no te apures, no seas tonta. Pues qué, ¿han de estar en la China esos cansados legajos?... ¡Vaya cómo se ponen estas niñas del día cuando les llega el momento de casarse! Todo no puede ser a qué quieres boca. Menos orgullito, señora, que ya que el bobalicón de mi hermano ha querido hacerte su mujer, Dios no ha de permitir que este disparate se realice sin que te cueste malos ratos.
Sola reía de nuevo y acariciaba a Mosquetín.
Una mañana, los chicos, que se pasaban el día en la huerta haciendo de las suyas, empezaron a gritar: «Padre, padre». Don Benigno llegaba. Entró en la casa sofocado, ceñudo, limpiándose con el pañuelo el copioso sudor de su inflamado rostro, y dejándose caer en una silla con muestras de cansancio, no decía más que esto:
—¡Los papeles!... ¡Los papeles!... ¡Don Felicísimo!...
—¿Qué?... ¿Han parecido?... —le preguntó Sola con ansiedad.
—¡Qué han de parecer!... ¡Barástolis! No hay paciencia para esto, no hay paciencia...
XXIX
¿Y cómo habían de parecer, Santo Dios, si el cura de La Bañeza, a consecuencia de una reyerta con el obispo de la diócesis, había hecho la gracia de huir del pueblo, después de arrojar a un pozo todos los libros parroquiales? Véase aquí por dónde la tremenda y sorda lucha que entre el régimen absolutista y el espíritu moderno estaba empeñada, había de estorbar la felicidad de aquel candoroso don Benigno, que aunque liberal, en nada se metía.
Era el obispo de León, señor Abarca, absolutista furibundo de ideas y aragonés de nacimiento, con lo que basta para pintarle. De consejero áulico del rey y atizador de sus pasiones, pasó a la intimidad de don Carlos y a la dirección del partido de este, llegando a ser más tarde ministro universal de la corte de Oñate. El cura de La Bañeza se diferenciaba de su pastor en lo de liberal, y se le igualaba en lo de aragonés. Puede suponerse lo que sería una pendencia clerical y política entre dos aragoneses de sotana. El obispo tenía, entre otros defectos, el de los modos ásperos, los procedimientos brutales y las palabras destempladas; el cura, sobre todas estas máculas, tenía la de ser algo más presbítero de Baco que sacerdote de Cristo. Resistiose el cura a dejar la parroquia (que precisamente estaba a cuatro pasos de la taberna); insistió el obispo, salieron a relucir mil zarandajas, canónicas de un lado, liberalescas de otro, y al fin vencido el subalterno, escapó una noche antes de que le cayera encima el brazo secular; pero como hombre de ideas filosóficas, pensó que los libros parroquiales, por ser expresión de la verdad, debían estar como la verdad misma, en el fondo de un pozo.
De orden de Su Ilustrísima hízose una información en el pueblo para restablecer los libros, y al cabo de algunos meses, don Benigno supo por Carnicero que en la partida de bautismo no había ya dificultades. Pero el demonio, que siempre está inventando diabluras, hizo que apareciese nueva contrariedad. Uno de los libros del registro de matrimonios se había conservado, y en el tal libro constaba que una Soledad Gil de la Cuadra había contraído nupcias en 1823. Indudablemente no era esta Soledad nuestra simpática heroína; pero mientras se ponía en claro, ji, ji (así lo decía don Felicísimo a su cliente Cordero), había de pasar algún tiempo, siendo quizás preciso llevar el asunto a un tribunal eclesiástico, pues estas delicadas cosas no son buñuelos que se hacen en un segundo.