Así, entre obispos y curas aragoneses, pozos llenos de libros, agentes eclesiásticos y torna y vuelve y daca, el héroe de Boteros sufrió el martirio de Tántalo durante un año largo, pues hasta el verano de 1832 no se allanaron las dificultades. Cuando don Felicísimo escribió a Cordero participándole este feliz suceso, añadía que solo faltaba una firma del señor obispo Abarca para que todo aquel grandísimo lío terminase.

Durante esta larga espera, la familia de Cordero continuaba sin novedad en la salud y en las costumbres. El invierno lo pasaron en Madrid para atender a la educación de los niños y a la tienda, que don Benigno juró no abandonar mientras el edificio de sus felicidades no fuese coronado con la gallarda cúpula del casamiento. A la entrada de la primavera se trasladaron todos a los Cigarrales, acompañados de Alelí, que cada día tomaba más afición a la familia y se entretenía en enseñar a Mosquetín a andar en dos pies.

Innecesario será decir, pero digámoslo, que don Benigno, si bien trataba familiarmente a Sola, no traspasó jamás, en aquella larga antesala de las bodas, los límites del decoro y de la dignidad. Se estimaba demasiado a sí mismo y amaba a Sola lo bastante para proceder de aquella manera delicada y caballerosa, magnificando su ya magnífica conducta con el mérito nuevo de la castidad. Ni siquiera se permitía tutear a su prometida, porque el tuteo, decía, trae insensiblemente libertades peligrosas, y porque el decoro del lenguaje es siempre una garantía del decoro de las acciones.

En este tiempo ocurrió también la dispersión de algunos personajes muy principales de esta historia. Salvador se fue a Andalucía, donde encontró abundancia de cuadros y antigüedades de mérito. Luego subió por Extremadura a Salamanca, vino a Madrid en febrero de 1832 a exigir de Carnicero el cumplimiento del pacto, y habiendo ocurrido dilaciones, celebraron un nuevo pacto-prórroga, que terminó cuatro meses después con feliz éxito el asunto. El aventurero vio al fin en sus manos la mitad de la herencia de su tío, gracias a las uñas de don Felicísimo, que acariciando la otra mitad, desenmarañó la madeja. Fue Salvador a París en la primavera para rendir cuentas a Aguado, y en el verano tornó a España y a Madrid para ultimar un asunto de vales reales que en la corte tenía.

Jenara pasó en Madrid el invierno de 1831 a 1832, y en primavera se trasladó a Valencia, volviendo al poco tiempo para instalarse en San Ildefonso. La opinión pública que, tal vez sin motivo, le tenía mala voluntad, hacía correr acerca de su conducta rumores poco favorables, aunque eran de esos que cualquier dama ilustre de aquellos tiempos, y de estos y de todos los tiempos soporta sin detrimento alguno en el lustre de su casa, antes bien aumentándolo y viéndose cada día más obsequiada y enaltecida. Si en el año anterior fue tildada de aficionarse con exceso a la oratoria forense y parlamentaria, ahora decían de ella que se pirraba por la poesía lírica, prefiriendo sobre todos los géneros el byroniano, o sea de las desesperaciones y lamentos, sin admitir consuelo alguno en este mundo ni en el otro.

Enorme escuadrón de amigos la despidió al marchar a la Granja. Adiós, gentil Angélica, engañadora Circe. No podemos seguirte aún. Nos llaman por algún tiempo en Madrid afecciones de literatos que nos son más caras que las propias niñas de nuestros ojos. Y era curioso ver cómo se iba encrespando aquel piélago de ideas, de temas literarios e imágenes poéticas del cafetín llamado Parnasillo. Sin duda, de allí había de salir algo grande. Ya se hablaba mucho y con ardor de un drama célebre estrenado en París el 25 de febrero de 1830, y que tenía el privilegio de dividir y enzarzar a todos los ingenios del mundo en atroz contienda. El asunto, según algunos de los nuestros, no podía ser más disparatado. Un príncipe apócrifo que se hace bandolero, una dama obsequiada por tres pretendientes, un viejo prócer enamorado y un emperador del mundo, son los personajes principales. Luego hay aquello de que todos conspiran contra todos, y de que pasan cosas históricas que la historia no ha tenido el honor de conocer jamás. Y hay un pasaje en que el prócer que aborrece al bandido lo salva del emperador; y luego el emperador se lleva la muchacha, y el bandolero se une al prócer; y como uno de los dos está de más porque ambos quieren a la señorita, el bandolero jura que se matará cuando el prócer toque un cierto cuerno que aquel le da en prenda de su palabra; y cuando todo va a acabar en bien porque el emperador ha perdonado a chicos y grandes y viene el casorio de los amantes con espléndida fiesta, suena el consabido cuerno: el príncipe bandolero recuerda que juró matarse, y, en efecto, se mata.

Si a unos les parece esto el colmo del absurdo, a otros les parece de perlas. Riñen los exaltados con los retóricos, y en medio de las disputas sale a relucir una palabra que estos profieren con desprecio, aquellos con orgullo. ¡Románticos!... Aguarde un poco el lector que ya vendrán a su tiempo la amarillez del rostro, las largas y descuidadas melenas, las estrechas casacas. Por ahora el romanticismo no ha pasado a las maneras ni al vestido, y se mantiene gallardo y majestuoso en la esfera del ideal.

El drama francés es un monstruo para algunos; pero ¡qué aliento de vida, de inspiración, de grandeza en este monstruo, pariente sin duda de las hidras calderonianas, ante cuya indómita arrogancia, a veces sublime, salvaje a veces, parecen gatos disecados las esfinges del clasicismo! Contra la frialdad de un arte moribundo protesta un arte incendiario; la corrección es atropellada por el delirio; las reglas, con sus gastados cachivaches, se hunden para dar paso a la regla única y soberana de la inspiración. Se acaba la poesía que proscribe los personajes que no sean reyes, y se proclama la igualdad en el colosal imperio de los protagonistas. Rómpese como un código irrisorio la jerarquía de las palabras nobles o innobles, y el pueblo, con su sencillez y crudeza nativa, habla a las musas de . Caen heridos de muerte todos los monopolios: ya no hay asuntos privilegiados, y al templo del arte se le abren unas puertas muy grandes para dar paso a la irrupción que se prepara. Se suprimen los títulos nobiliarios de ciertas ideas, y se ordena que el Mar, por ejemplo, que de antiguo venía metiendo bulla y soplándose mucho con los retumbantes dictados de Nereo, Neptuno, Tetis, Anfitrite, sea despojado de estos tratamientos y se llame simplemente Fulano de Tal, es decir, el Mar. Lo mismo les pasa a la Tierra, al Viento, al Rayo.

Mucho podríamos decir sobre esta revolución que tuvimos la gloria de presenciar; pero damos punto aquí porque no es llegada aún la sazón de ella, y sus insignes jefes no eran todavía más que conspiradores. El café del Príncipe era una logia literaria, donde se elaboraba entre disputas la gloriosa emancipación de la fantasía, al grito mágico de ¡España por Calderón!

El teatro dormitaba solitario y triste; pero ya sonaban cerca las espuelas de Don Álvaro. Marsilla y Manrique estaban más lejos; pero también se sentían sus pisadas, estremeciendo las podridas tablas de los antiguos corrales. Comenzaba a invadir los ánimos la fiebre del sentimiento heroico, y las amarguras y melancolías se ponían de moda.