Las grandes obras de Espronceda no existían aún, y de él solo se conocían el Pelayo, la Serenata compuesta en Londres y otras composiciones de calidad secundaria. Vivía sin asiento, derramando a manos llenas los tesoros de la vida y de la inteligencia, llevando sobre sí, como un fardo enojoso que para todo le estorbaba, su genio potente y su corazón repleto de exaltados afectos. Unos versos indiscretos le hicieron perder su puesto en la Guardia Real. Fue desterrado a la villa de Cuéllar, donde se dedicó a escribir novelas.

Vega había escrito ya composiciones primorosas; pero sin entrar aún en aquellas íntimas relaciones con Talía, que tanto dieron que hablar a la Fama; Bretón había vuelto de Andalucía, y con sin igual ingenio explotaba la rica hacienda heredada de Moratín; Martínez de la Rosa trabajaba oscuramente en Granada; Gallego vivía a la sazón en Sevilla; Gil y Zárate, perseguido siempre por la inquisitorial censura del padre Carrillo, había abandonado el teatro por una cátedra de francés. Caballero, Villalta, Revilla, Vedia, Segovia y otros insignes jóvenes cultivaban con brío la lírica, la historia y la crítica.

Al propio tiempo la pintura de la vida real, es decir, del espíritu, lenguaje y modo de la sociedad en que vivimos, era acometida por un joven artista madrileño para quien esta grande empresa estaba guardada.

Miradle. No parece tener más de veintiséis o veintisiete años. Es pequeño de cuerpo, usa anteojos, y siempre que mira parece que se burla. Es, más que un hombre, la observación humanada uniéndose a la gracia, y disimulando el aguijoncillo de la curiosidad maleante con el floreo de la discreción. De sus ojos parte un rayo de viveza que en un instante explora toda la superficie, y sin saber cómo se mete hasta el fondo, sacando los corazones a la cara; y al hacerlo parece que se ríe, como dando a entender que a nadie lastimará en sus disecciones de vivos.

Este joven, a quien estaba destinado el resucitar en nuestro siglo la muerta y casi olvidada pintura de la realidad de la vida española tal como la practicó Cervantes, comenzó en 1832 su labor fecunda, que había de ser principio y fundamento de una larga escuela de prosistas. Él trajo el cuadro de costumbres, la sátira amena, la rica pintura de la vida, elementos de que toma su sustancia y hechura la novela. Él arrojó en esta gran alquitara, donde bulliciosa hierve nuestra cultura, un género nuevo, despreciado de los clásicos, olvidado de los románticos, y él solo había de darle su mayor desarrollo y toda la perfección posible. Tuvo secuaces, como Larra, cuya originalidad consiste en la crítica literaria y la sátira política, siendo en la pintura de costumbres discípulo y continuador de El Curioso Parlante; tuvo imitadores sin cuento, y tantos, tantos admiradores que, en su larga vida, los españoles no han cesado de poner laureles en la frente de este valeroso soldado de Cervantes.

En 1831 escribió el Manual de Madrid, anunciando en él sus dotes literarias y una pasión que había de ocuparle toda la vida, la pasión de Madrid. En enero del año siguiente publicó El Retrato en las Cartas Españolas de Carnerero, y tras El Retrato vino sin interrupción esa galería de deliciosos cuadros matritenses, que servirá, el día en que la capital de España se pierda, para encontrarla aunque se meta cien estados bajo tierra. ¡Asombroso poder del ingenio! Aquellos revueltos tiempos en que se decidió la suerte de la nación española han quedado más impresos en nuestra mente por su literatura que por su historia; y antes que la Pragmática Sanción, y el Carlismo y la Amnistía, antes que el Auto acordado y la Corte de Oñate y el Estatuto, viven en nuestra memoria don Plácido Cascabelillo, don Pascual Bailón Corredera, don Solícito Ganzúa, don Homobono Quiñones y otras dignas personas nacidas de la realidad y lanzadas al mundo con el perdurable sello del arte.

En agosto del mismo año de 1832 principió a salir el Pobrecito Hablador, de Larra. De este quisiéramos hablar un poco; pero el insoportable calor nos obliga a salir de Madrid.

Antes de partir haremos una visita a don Felicísimo, en cuya casa hallamos grandísima novedad, y es que al cabo de no pocas dudas y vacilaciones, el insigne Pipaón se decidió a manifestar a Micaelita su propósito de tomarla por esposa, considerando que si buenos desperfectos tenía, con buenas talegas iban disimulados. Es opinión admitida por todos los historiadores que Micaelita no rezó ningún padrenuestro al oír nueva tan lisonjera de los labios del cortesano de 1815. Don Felicísimo y doña Sagrario se regocijaron, pues no podían soñar mejor partido para aquel poco solicitado género que un individuo encaminado a ser, por sus prendas excepcionales, el Calomarde de los tiempos futuros.

Nuestra buena suerte quiso que, al dar un vistazo al agente de asuntos eclésiasticos, halláramos al señor de Pipaón, que también se despedía. Deleitosa conversación se entabló entre los dos. Cuando el cortesano estrechó entre los suyos fuertísimos los dedos de corcho del señor don Felicísimo, este exhaló un hipo y dijo:

—Me olvidaba... Querido Pipaón, puesto que va usted inmediatamente para allá, hágame el favor de llevar esta carta.