—Carlitos, no podemos estar mano sobre mano ni esperar los acontecimientos con esa santa calma tuya, cuando se van a decidir las cosas más graves. Nosotras no intrigamos, lo que hacemos es apercibirnos para cortar las intrigas que se traman contra ti, legítimo heredero del trono, y contra nosotras. No conspiramos; pero estamos a la mira de la conspiración asquerosa de los liberales, que ahora se llamarán cristinos, para burlar tus derechos, emanados de Dios, y alterar la ley sagrada de la sucesión a la corona. En este momento, Cristina, por encargo del rey, llama a consejo al ministro Calomarde, al obispo de León y al conde de la Alcudia. ¿Sabes para qué?
—¿Para qué?
—Para proponer un arreglo, una componenda —dijo prontamente doña Francisca, no menos iracunda que su hermana—. Pronto lo sabremos. Esa pobre Cristina apelará a todos los medios para embrollar las cosas y ganar tiempo, hasta que se desencadenen las furias de la revolución, que es su esperanza.
—¡Un arreglo!... —dijo don Carlos con entereza—. ¿Con quién y de qué? Entre los derechos legítimos, sagrados y la usurpación ilegal no puede haber arreglo posible.
Dijo esto con tanto aplomo, que parecía un sabio. Después miró a la Virgen como para tener la satisfacción de ver que ella opinaba lo mismo.
—Basta de cuestiones políticas —dijo Su Alteza volviendo a tomar una actitud tranquila—. ¿Sigue Fernando más aliviado del paroxismo de esta tarde?
—Hasta ahora no hay síntomas de que se repita...
—Pero puede suceder que de un momento a otro...
—¡Pobre Fernando! —exclamó don Carlos dando un gran suspiro y apoyando la barba en el pecho. Incapaz de fingimiento y de mentira, la apariencia tétrica del infante era fiel expresión de la vivísima pena que sentía. Amaba entrañablemente a su hermano. Para que todo fuera en desventaja de los españoles, Dios quiso que estos se dividieran en bandos de aborrecimiento, mientras los hermanos que ocasionaron tantos desastres vivieron siempre enlazados por el afecto más leal y cariñoso.
Poco más de lo transcrito hablaron el infante y las dos damas, porque empezó a reunirse la camarilla en el salón inmediato, y doña Francisca y su hermana abandonaron a don Carlos para recibir a los aduladores, pretendientes y cofrades reverendos de aquella cortesana intriga. En poco tiempo llenose la cámara de personajes diversos: el conde de Negri, el padre Carranza, el embajador de Nápoles, vendido secretamente a los apostólicos desde mucho antes, y don Juan de Pipaón, que, según todas las apariencias, representaba en el seno de la comunidad apostólica a Calomarde. Luego aparecieron el obispo de León y el conde de la Alcudia, y entonces la cámara fue un hervidero de preguntas y comentarios. Vanidad, servilismo, adulación, los rostros pálidos, las palabras ansiosas, el respeto olvidado, el rencor no satisfecho, la esperanza cohibida por el temor... todo esto había bajo aquel techo habitado por sosas ninfas, entre aquellos tapices representando borracheras a lo Teniers, remilgadas pastoras, o cabriolas de sátiros en los jardines de Helicona.