—Una proposición inaudita, señores —dijo el reverendo obispo con fiereza—. Veremos lo que opina el señor. Ahí es nada... Quieren que durante la enfermedad del rey se encargue del gobierno doña Cristina, y que el serenísimo señor infante sea... su consejero.

Una exclamación de horror acogió estas palabras. La princesa de Beira casi lloraba de rabia, y a la orgullosa doña Francisca le temblaban los labios y no podía hablar.

—Es una desvergüenza —se atrevió a decir Pipaón, que siempre quería dejar atrás a todos en la expresión extremada del entusiasmo apostólico.

—Es una jugarreta napolitana —indicó Negri, que en estas ocasiones gustaba de decir algo que hiciera reír.

—Es burlarse de los designios del Altísimo —afirmó Abarca, atento siempre a entrometer a la Divinidad en aquellas danzas.

—Es simplemente una tontería —dijo el de la Alcudia—. Veamos la opinión de Su Alteza.

El ministro y el obispo pasaron a ver a don Carlos, que hasta entonces tenía la digna costumbre de huir de los conventículos donde se ventilaban entre aspavientos y lamentaciones los intereses de su causa, y al poco rato salieron radiantes de gozo. Su Alteza había contestado con enérgica negativa a la proposición de la madre de Isabelita; que de este modo solían allí nombrar a la reina Cristina.

Corrieron entonces los cortesanos del cuarto del infante a la cámara real, donde, en vista de la denegación, se buscaban nuevas fórmulas para llegar al deseado arreglo. Hora y media pasó en ansiedades y locas impaciencias. La reina y los ministros conferenciaban en la antecámara del rey. En la alcoba de este nadie podía penetrar, a excepción de Cristina, los médicos y los ayudas de cámara de Su Majestad. El infante no salía del rincón de su cuarto en que se recogía como un cenobita que hace penitencia; pero la bulliciosa infanta, la implacable princesa de Beira, su hijo don Sebastián y la mujer de este no se daban punto de reposo, inquiriendo, atisbando, en medio del vertiginoso ciclón de cortesanos que iba y venía y volteaba con mareante susurro.

Al fin aparecieron el obispo y el conde de la Alcudia trayendo las nuevas proposiciones de arreglo. ¿Cuáles eran? «¡Una regencia compuesta de Cristina y don Carlos, con tal que este empeñase solemnemente su palabra de no atentar a los derechos de la princesa Isabel!». Tal era la proposición, que a unos parecía absurda, a otros insolente, a los más ridícula. Hubo exclamaciones, monosílabos de desprecio y amargas risas. «¡Los derechos de Isabelita!». Esta idea ponía fuera de sí a la enfática y siempre hinchada princesa de Beira.

¿Y quién sabrá pintar la escena del cuarto de don Carlos, cuando el obispo y el ministro le comunicaron la última proposición de los reyes? Por todos los santos se puede jurar que el que tal escena vio no la olvidará aunque mil años viva. Nosotros, que la vimos presente, la tenemos cual si hubiera pasado ayer; ¿pero cómo acertar a describirla? Es tan rica de matices y al propio tiempo tan sencilla, que fácilmente se perderá en las manos del arte. ¡Pasó allí tan poca cosa, y fue de tanta transcendencia lo que allí pasó!... No hubo ruido; pero en el silencio grave de aquella sala se engendraron las mayores tempestades españolas del siglo.