Al ver entrar al obispo y al ministro, seguidos de las infantas, don Sebastián y el agraciadísimo padre Carranza, levantose don Carlos solemnemente. Era hombre que sabía dar a ciertos actos una majestad severa que contrastaba con su llaneza en la vida privada. Mientras Alcudia leía el borrador del decreto en que se establecía la doble regencia, la princesa de Beira estaba lívida y doña Francisca mordía las puntas del pañuelo. Ambas hermanas vestían modestamente. ¿Quién olvidará sus talles altos, sus ampulosos senos, sus peinados de tres lazos y sus pañoletas de colores? Eran como dos estatuas de la ambición doméstico-palatina, erigidas en el centro del arco que formaba la comisión de príncipes y magnates. Miraban ansiosos a don Carlos, cual si temieran que el grande amor que al rey tenía venciera su entereza en aquel crítico instante, haciéndole incurrir en una debilidad que se confundiría con la bajeza.

Don Carlos no tenía talento, pero tenía fe, una fe tan grande en sus derechos, que estos y los Santos Evangelios venían a ser para Su Alteza Serenísima una misma cosa. La fe, que en lo moral producía en él la honradez más pura y en los actos políticos una terquedad lamentable, fue lo que en tal momento salvó la causa apostólica, llenando de júbilo los corazones de aquellos señorones codiciosos y princesas levantiscas. Mientras duró la lectura, don Carlos no quitó los ojos del cuadro de la Purísima, a quien sería mejor llamar Capitana por las prerrogativas militares que el príncipe le había dado. Siguió a esto una pausa silenciosa, durante la cual no se oía más que el rumorcillo del papel al ser doblado por el conde de la Alcudia. Las infantas miraban a los labios de don Carlos, y don Carlos se puso pálido, alzó la frente, más ancha que hermosa, y tosió ligeramente. Parecía que iba a decir las cosas más estupendas de que es capaz la palabra humana, o a dictar leyes al mundo como su homónimo el de Gante las dictaba desde un rincón del Alcázar de Toledo. Con voz campanuda dijo así:

—No ambiciono ser rey; antes por el contrario, desearía librarme de carga tan pesada, que reconozco superior a mis fuerzas... pero...

Aquí se detuvo buscando la frase. Doña Francisca estuvo a punto de desmayarse, y la de Beira echaba fuego por sus ojos.

—Pero Dios —añadió don Carlos—, que me ha colocado en esta posición, me guiará en este valle de lágrimas... Dios me permitirá cumplir tan alta empresa.

Aún no se sabía qué empresa era aquella que Dios, protector decidido de la causa, tomaba a su cargo en este valle de lágrimas. El conde de la Alcudia, que a pesar de estar secretamente afiliado al partido de don Carlos quería cumplir la misión que le había dado el rey, dijo algunas palabras en pro de la avenencia. Pero entonces don Carlos, como si recibiera una inspiración del cielo, habló con facilidad y energía en estos términos, que son exactos y textuales:

—«No estoy engañado, no, pues sé muy bien que si yo por cualquier motivo cediese esta corona a quien no tiene derecho a ella, me tomaría Dios estrechísima cuenta en el otro mundo, y mi confesor en este no me lo perdonaría; y esta cuenta sería aún más estrecha, perjudicando yo a tantos otros y siendo yo causa de todo lo que resultare; por tanto, no hay que cansarse, pues no mudo de parecer».

Dijo, y se sentó cansado. Las infantas dejaron a sus abanicos la expresión del orgullo y vanagloria que sentían por aquellas cristianísimas palabras. ¿Qué cosa más admirable que un príncipe decidido a reinar sobre nosotros, no por ambición, no por deseo de aplicar al gobierno un entendimiento que se siente poderoso, sino por cristianismo puro, por temor de Dios y por miedo al infierno? En aquel breve discurso nos explicó Su Alteza Serenísima la clave de sus ideas, de su modo de hacer la guerra y de gobernar. No era ambicioso ni conquistador, sino una especie de cruzado de la Tierra Santa de sus derechos. Según él, Dios estaba profundamente interesado en aquel negocio; no se sabe lo que habría pasado en los reinos celestiales si al buen infante le da la mala tentación de dejar reinar a Isabelita. Es sabido que estas contiendas de familia se miran allá arriba como cosa de casa. Bien enterado estaba de todo el confesor de Su Alteza, que así le había pintado la imposibilidad de ser modesto, y la urgente precisión de ceñirse la corona, por estar así acordado allá donde se hacen y deshacen los imperios. ¿Y cómo se iba a atrever el pobre don Carlos a confesar en el temeroso tribunal de la penitencia el horrible delito de no querer ser rey? ¿Y además, no estaba de por medio la infeliz España, a quien Dios no podía abandonar? ¿Y qué era el príncipe más que el instrumento de Dios, protector decidido en todos tiempos de nuestra nación, con preferencia a todas las demás que ocupan la interesante Europa, la América lozana, la negra África y el Asia opulenta? ¡Instrumento de la Providencia! Esto y no otra cosa era don Carlos, y bien lo comprendía así el bueno, el evangélico, el seráfico obispo de León, cuando al salir de la cámara del infante se abrió paso entre la multitud de cortesanos, diciendo con entusiasmo:

—¡Paso al partido del Altísimo!

Olvidábamos decir que don Carlos, luego que dio aquella respuesta digna de un arcángel encargado de defender una celestial fortaleza sitiada por los pícaros demonios, habló con sus amigos y con su esposa y cuñada, repitiéndoles lo que ya les había dicho muchas veces, a saber: que se negaba resueltamente a apelar a las armas, que desaprobaba todas las conspiraciones fraguadas en su nombre, y que se le enterase cada poco rato del estado de la salud del rey.