—Si estuviera aquí Jenarita —decía Cordero—, ella, con su irresistible poder, haría firmar a ese condenado.
Pipaón se acostó; pero llamado a poco rato por Su Excelencia, tuvo que dejar el blando sueño para acudir a los cónclaves que se preparaban para aquel día. El inconsolable y aburridísimo Cordero, luego que se desayunó, volvió a los jardines, único punto donde hallaba algún esparcimiento en su tristeza, y no había llegado aún a la Fuente de la Fama, cuando topó con Monsalud, que venía de malísimo talante. El día anterior se habían visto y saludado un momento, como amigos antiguos que eran desde las trapisondas de la Milicia nacional el año 22, memorable por la hazaña del nunca bastante célebre arco de Boteros. Alegrose don Benigno de verle, por tener alguien con quien hablar en aquella desolada corte, tan llena de interés para otros y para él más triste y solitaria que un desierto. De manos a boca Monsalud le habló de Sola, del casamiento, y tales elogios hizo de ella y con tanto calor la nombró, que Cordero sintió inexplicables inquietudes en su alma generosa. No sabía por qué le era desagradable la persona y la amistad de aquel hombre, protector y amigo de su futura en otro tiempo, y luego nombrado en sueños por ella. Recordó claramente cuán triste se ponía la huérfana si le faltaban cartas de él, y cuánto se alegraba al recibir noticias suyas; pero al mismo tiempo le consoló el recuerdo de la perfecta sinceridad, signo de pureza de conciencia, con que Sola le supo referir su entrevista con Salvador en los Cigarrales, mientras Cordero estaba en Madrid ocupado de los nunca bastante vituperados papeles. Recordó muchas cosas: unas que le agitaban, otras que calmaban su inquietud, y, por último, la fe ciega que tenía en el afecto puro y sencillo de la que iba a ser su señora le confortaba singularmente. No obstante, quiso evitar la compañía de aquel hombre, y ya preparaba la conversación para buscar un pretexto de ausencia, cuando Salvador dijo:
—Reniego de esta cansada y revoltosa corte. Aquí estoy hace seis días atado por una pretensión sencilla y fácil, y aunque tengo relaciones en Palacio, nada puedo conseguir. A usted no le sorprenderá el saber que lo que pretendo no es más que una firma, nada más que una firma en documento corriente. Pero el señor Calomarde, que para daño eterno de nuestro país sigue sin reventar todavía, no se ha decidido aún a tomar la pluma. ¡Y de que la tome y rubrique dependen mi fortuna y mi porvenir!
—Nuestra cuita es la misma —exclamó don Benigno sintiéndose consolado con la desgracia ajena—. Yo también me aburro y me desespero y me quemo la sangre solo por una firma.
—¡Qué ministros!
—Están intrigando para arrancar al rey un codicilo que dé la corona a don Carlos.
—¡Qué menguados hombres!... ¡Que una nación esté en tales manos!...
—Y según los vientos que corren, barástolis, lo estará para in eternum. La consigna de esa gente es que el rey se muere hoy. Parece que han sobornado al Altísimo.
—Es gracioso.
—Ya tratan a don Carlos de Majestad.