—Lo creo. Será rey. Vamos progresando. ¿Piensa usted emigrar?

—¿Yo? —dijo Cordero sorprendido—. Si triunfa ese partido brutal lo sentiré mucho, porque, en fin, tengo ideas liberales... algo ha leído uno en autores filosóficos...

—Sí, ya sé que lee usted a Rousseau. Rousseau dice: «no hay patria donde no hay libertad». ¿Piensa usted emigrar?

—Emigrar no, porque no me mezclo en política. Viviré retirado de estos trapicheos, dejándoles que destrocen a su antojo lo que todavía se llama España, y con ellos se llamará como Dios quiera. Un padre de familia no debe comprometerse en aventuras peligrosas. Usted...

—Yo no soy padre de familia ni cosa que lo valga —dijo el otro dejando traslucir claramente una pena muy viva—. No tengo a nadie en el mundo. No hay casa, ni hogar, ni rincón que guarden para mí un poco de calor; soy tan extranjero aquí como en Francia; soy esclavo de la tristeza; no tengo en derredor mío ningún elemento de vida pacífica; la última ilusión la perdí radicalmente; vivo en el vacío; no tengo, pues, otro remedio, si he de seguir existiendo, que lanzarme otra vez a las aventuras desconocidas, a los caminos peligrosos de la idea política, cuyo término se ignora. Mi antigua vocación de revolucionario y conspirador, que estaba amortiguada y como vencida en mí, vuelve a nacer ahora, porque el freno que le puse se ha roto, porque la vocación nueva con que traté de matar aquella se ha convertido en humo. Hay que volver al humo pasado, a las locuras, a la lucha, a las ideas, cuya realización, por lo difícil, toca los límites de lo imposible.

Don Benigno le oía con estupor. Habíanse internado en uno de aquellos laberintos hechos con tijeras, que parecen decoraciones teatrales construidas para una sosa comedia galante, o para una opereta de Metastasio. Solidarias y placenteras estaban las callejuelas y las bovedillas verdes. Nadie podía oírles allí. Salvador no puso trabas a su lengua, y se expresó de este modo:

—Cuando vine aquí persistía en mi propósito de huir para siempre de la política; pero sin determinar aún qué dirección o empleo había de dar a mi pensamiento y a mi voluntad. No se puede vivir de monólogos, como yo vivo ahora. Mi desgracia o mi fortuna, que esto no lo sé bien, quisieron que entrara algunas veces en Palacio. Allí traté a gentilhombres y cortesanos, hice amistad con ministriles y empleadillos menudos; todo por el negocio maldito de esta rúbrica que pido a Su Excelencia y que no me quiere dar. Además soy amigo de un montero de Espinosa, que me ha enterado de todo lo ocurrido ayer y anoche. ¡Qué cosas, amigo mío; qué horrores! Si cuando se lee la historia sentimos emociones tan hondas y queremos ser actores en los sucesos pintados, ¿qué será cuando vemos la historia viva, antes de ser libro, y asistimos a los hechos antes de que sean páginas? El drama de anoche me ha espeluznado. Pues se prepara otro drama, junto al cual el de anoche será comedia. No, no es posible ver esto como se ven por anteojo los muñecos y las vistas de un tutilimundi. De repente me he sentido exaltado, y mis antiguas vocaciones renacen con ímpetu irresistible.

—Cuidado, cuidado —dijo don Benigno, temeroso del sesgo peligroso que aquella conversación tomaba—. Los arbolitos oyen; chitón. Le veo a usted en camino de ser un cristino furibundo.

—Yo no sé por qué camino voy: solo sé que cuando veo a esa reina joven, hermosa, inocente de todos los crímenes del absolutismo; cuando considero sus virtudes y la piedad con que asiste al rey enfermo, que solo merece lástima; cuando veo los peligros que la cercan, los infames lazos que se le tienden y el desdén con que la miran los mismos que hace poco se arrastraban a sus pies, siento arder la sangre en mis venas, y no sé qué daría, créame usted, don Benigno, por hallarme en situación de enseñar a estos murciélagos apostólicos cómo se respeta a una señora y a una reina. En la corona que no han podido quitarle todavía, y que sobre su hermosa frente tiene mayor brillo, veo la monarquía templada que celebra alianzas de amistad con el pueblo; pero en la corona de hierro que esos clérigos y cortesanos intrigantes están forjando en el cuarto de don Carlos, veo la monarquía desconfiada, implacable, que no admite más derechos que los suyos. No, no hay ya en España caballeros, si España consiente que esa turba de fanáticos expulse a la reina y arrebate la corona a su hija...

—Sí, sí —exclamó Cordero sintiendo que revivía lentamente en su alma el antiguo entusiasmo liberalesco—. Pero cuidado, mucho cuidado, amigo. Lo que usted dice es peligrosísimo. Todo el Real Sitio es de los apostólicos. No nos metamos en lo que no nos importa.