—¿Cómo que no nos importa? —dijo el otro con viveza—. Es cuestión de vida o muerte, de ser o no ser. En estos momentos se está decidiendo, y pronto se probará, si los españoles no merecen otro destino que el de un hato de carneros o si son dignos de llamar nación a la tierra en que viven. Yo, que había tomado en aborrecimiento las revoluciones y el conspirar, ahora siento en mí un apetito de rebeldía que me llevaría a las mayores locuras si viera junto a mí quien me ayudase. Desanimado ayer y deseoso de la oscuridad, hoy, que la vida doméstica me es negada por Dios, quisiera tener medios de revolver a España, y amotinar gente, y romper todos los lazos, y levantar todos los destierros, y desencadenar cuanto encadena este régimen brutal. Yo iría a esa reina atribulada y le diría: «Señora, lance Vuestra Majestad un grito, un grito solo en medio de este país que parece dormido y no está sino asustado. No tema Vuestra Majestad; estas situaciones se vencen con el valor y la confianza. Abra Vuestra Majestad las puertas de la patria a los emigrados, a todos absolutamente sin distinción. Para vencer al infante se necesita una bandera; para hacer frente a un principio se necesita otro; nada de términos medios ni acomodos vergonzosos; esa gente pide todo o nada; pues nada, y guerra a muerte. Levántese Vuestra Majestad y ande con paso seguro; no se deje asustar por los errores de los que no han sabido establecer la libertad. Es preciso tolerarles como son, porque son la salvación, y si aseguran el trono y la libertad, sus imperfecciones y extravíos les serán perdonados. Y entonces, Señora, se alzará del seno de España, oprimida y deseosa de mejor suerte, un sentimiento, un prurito incontrastable, y miles de hombres generosos se agruparán al lado de Vuestra Majestad protestando con la voz y con la espada de que quieren por soberana a la reina del porvenir, la reina liberal, Isabel II».
XXXIII
—¡Chitón, chitón por todos los santos del cielo! —dijo don Benigno poniéndole la mano en la boca para hacerle callar.
Participaba el héroe de aquel noble ardor; pero temía que tales demostraciones les trajeran a entrambos algún perjuicio. Tembloroso y ruborizado, Cordero llevó a su amigo fuera del verde laberinto, incitándole a que callara, porque —y lo dijo en la plenitud de la convicción— si el obispo Abarca y el ministro Calomarde llegaban a tener noticia de lo que se habló en los jardines, no firmarían ni en tres siglos. Salvador tranquilizó al buen comerciante sobre aquel endiablado negocio de las firmas, y cuando se separaron invitole a que comieran juntos aquella tarde. Excusose don Benigno, por sentirse, al oír la invitación, tocado de aquella misma inquietud o recelo de que antes hablamos; pero las reiteradas cortesanías del otro le vencieron al fin. Mientras Cordero entraba en la casa de Pajes pensando en el convite, en la muerte del rey, en la firma, y, sobre todo, en su familia de los Cigarrales, Salvador penetró en Palacio y no se le vio más en todo el día.
Era aquel el 18 de septiembre, día inolvidable en los anales de la guerra civil, porque si bien en él no se disparó un solo cartucho, fue un día que engendró sangrientas batallas; un día en el cual se puede decir figuradamente que se cargaron todos los fusiles y cañones. Desde muy temprano volvió a reinar el desasosiego en Palacio. Su Majestad seguía muy grave, y a cada vahído del monarca la causa apostólica daba un salto en señal de vida y buena salud: así es que cuando circulaban noticias desconsoladoras no se veía el dolor pintado en todas las caras, como sucede en ocasiones de esta naturaleza, aun en regios alcázares, sino que a muchos les bailaban los ojos de contento, y otros, aunque disimulaban el gozo, no lo hacían tanto que escondieran por completo la repugnante ansiedad de sus corazones corrompidos.
En medio de esta barahúnda, la reina apuraba sola en el silencio lúgubre de la alcoba regia el cáliz amargo de la situación más triste y desairada en que pueda verse quien ha llevado una corona. Los cortesanos huían de ella; a cada hora, a cada minuto veía disminuir el número de los que parecían fieles a su causa, y cada suspiro del rey moribundo producía una defección en el débil partido de la reina. El día anterior aún tenía confianza en la guardia de Palacio; pero desde la mañana del 18 las revelaciones de algunos servidores leales la advirtieron de que, muerto el rey, la guardia y probablemente todas las fuerzas del Real Sitio abrazarían el partido del infante.
Cristina se vistió en aquellos días el hábito de la Virgen del Carmen, y con la saya de lana blanca estaba más guapa aún que con manto regio y corona de diamantes. No salía de la real alcoba sino breves momentos, cuando el rey parecía sosegado y ella necesitaba ver a sus hijas, o desahogar su pena en llanto amarguísimo, derramado sin testigos en su cámara particular. Allí también habla bullicio y movimiento, porque la servidumbre arreglaba las maletas y embaulaba el ajuar de la reina en previsión de una fuga precipitada.
Por la noche Cristina no dormía. Sentada junto al lecho del rey, vigilaba su enfermedad, atendía a sus dolores, preparaba por sí misma las medicinas y se las daba, dirigíale palabras de esperanza y consuelo, no permitía que los criados hicieran cosa alguna que pudiera hacer ella, esclava entonces de sus deberes de esposa con tanto rigor como la compañera del último súbdito del tirano enfermo. Haciendo entonces lo que no suelen ni saben hacer generalmente las reinas, María Cristina se puso una corona de esas que no están sujetas a los azares de un destronamiento ni a los desaires de la abdicación.
La historia no dice lo que pasó por la mente del atormentador de España al ver que en pago de sus violencias, de su bárbaro orgullo, de sus vicios y de su egoísmo brutal, Dios le enviaba aquel ángel en su última hora para que el autor de tantas agonías viera endulzada la suya y pudiera morirse en paz, como se mueren los que no han hecho daño a nadie. Cuando se entraba en la alcoba real, no se podía ver sin horror el enorme cuerpo del rey en el lecho, hinchado, inmóvil, oprimido por bizmas, ungido con emplastos, que a pesar de sus virtudes no vencían los dolores; hecho todo una miseria; conjunto lastimoso de desdichas físicas, que así remedaban la moral más perversa que ha informado un alma humana.
Su rostro variaba entre el verdoso de la muerte y el amoratado de la congestión. Ligeramente incorporado sobre las almohadas, su cabeza estaba inerte, su mirada fija y mortecina, su nariz colgaba cual si quisiera caer saltando al suelo, y de su entreabierta boca no salía sino un quejido constante, que en los breves momentos de sosiego era estertor difícil. Por fin le tocaba a él también un poco de potro. Debía de estar su conciencia bastante despierta en aquellos momentos, porque no se quejaba desesperado como si en el fondo de su alma existiese una aprobación de aquel horrible quebrantamiento de huesos y hervor de sangre que sufría. La cama del rey, por el estado de aquel desdichado cuerpo que desde algún tiempo vivía corrompiéndose, parecía más bien un ensayo de las descomposiciones del sepulcro. Esto solo es un elocuente elogio de la cristiana abnegación de la reina.