Había en la alcoba dos o tres crucifijos e imágenes, solicitados por la piedad de Cristina para que no permitieran que España se quedara sin rey. Mas por el momento no había síntomas de que tan noble anhelo fuera atendido, porque Fernando VII se moría a pedazos. Aquella masa inerte, tan solo vivificada por un gemido, no era ya rey, ni siquiera hombre. Hacia el mediodía se temió la pérdida absoluta de las facultades mentales, y antes que esto llegara se reconoció la necesidad de dar solución al tremendo conflicto. Una chispa de razón quedaba en el espíritu del rey. Era urgente, indispensable, que a la débil luz de esa chispa se resolviese el problema.

Cristina hubiera dilatado aquel momento, ganando algunas horas para dar tiempo a que llegara su hermana la infanta doña Carlota, mujer de brío y resolución para tal caso. Desde que se agravó Su Majestad le habían enviado correos al Puerto de Santa María, rogándola que viniese, y ya la infanta debía de estar cerca, quizás en Madrid, quizás en camino del Real Sitio. Pero el aniquilamiento rápido del enfermo no permitía esperar más. Entraron, pues, en la real cámara tres figuras horrendas: Calomarde, el de la Alcudia y el obispo de León. La reina y el confesor del rey habían llegado poco antes y estaban a un lado y otro de Su Majestad, Cristina casi tocando su cabeza, el clérigo bastante cerca para hablar al oído del pobre enfermo. Había llegado un momento en que ninguna alma cristiana podía conservar rencor ante tanta desdicha. No era posible ver a Fernando VII en aquel trance sin sentir ganas de perdonarle de todo corazón.

Los tres temerosos figurones se situaron a los pies de la cama, después de besar uno tras otro con apariencia cariñosa aquella mano lívida que había firmado tantas atrocidades. El obispo estaba grave, imponente, como quien suponiéndose con autoridad divina, se cree por encima de todas las miserias humanas; el conde de la Alcudia triste y acobardado por la solemnidad del momento, y Calomarde, el hombre rastrero y vil, cuya existencia y cuyo gobierno no fueron más que pura bajeza y engaño, arqueaba las cejas mucho más que las arqueaba de ordinario, pestañeaba sin cesar y hacía pucheros. Cruel con los débiles, servil con los poderosos, cobarde siempre, este hombre abominable adornaba con una lagrimilla la traición infame que a su amo hacía en los umbrales de la muerte.

Quien presenció aquella escena terrible cuenta que la luz de la estancia era escasa; que los tres consejeros estaban casi en la sombra; que el rey volvía su rostro hacia la reina, vestida de hábito blanco; que hubo un momento en que el confesor no hacía más que morderse las uñas; que la hermosura de Cristina era la única luz de aquel cuadro sombrío, intriga política, horrible fraude, vil escamoteo de una corona perpetrado al borde de un sepulcro.

Cuenta también el testigo presencial de aquella escena que el primero que habló, y habló con entereza, fue el obispo de León. Puesto de pie, parecía que llegaba al techo. Su voz hueca de sochantre retumbaba en la cámara como voz de ultratumba. Aquel hombre, tan rígido como astuto, principió tocando una fibra del corazón del rey: habló de las inocentes niñas de Su Majestad y de la virtuosa reina, que según él corrían gran peligro si no pasaba la corona a las sienes de don Carlos. Después pintó el estado del reino, en el cual, según dijo, no había un solo hombre que no fuera partidario de la monarquía eclesiástica representada por el infante.

Fernando dio un gran suspiro y fijó sus aterrados ojos en el obispo. Este se sentó. Puesto en pie, Calomarde dijo que su emoción al ver en aquel estado al mejor de los reyes, y al mejor de los padres, y al mejor de los esposos, y al mejor de los hombres, no le permitía hablar con serenidad; dijo que se veía en la durísima precisión de no ocultar a su amado soberano la verdad de lo que ocurría; que había tanteado el ejército, y todo el ejército se pronunciaría por don Carlos si no se modificaba en favor de este la Pragmática sanción del 29 de marzo de 1830; que los voluntarios realistas, sin excepción de uno solo, proclamaban ya abiertamente como rey de derecho divino al mismo señor don Carlos, y que para evitar una lucha inútil y el derramamiento de sangre, convenía a los intereses del reino...

El infame hacía tales pucheros que no pudo continuar la frase. Sintiose que el cuerpo dolorido del rey se estremecía en su cama o potro de angustia. Oyose luego la voz moribunda, que dijo entre dos lamentos:

—-Cúmplase la voluntad de Dios.

El confesor silbó en su oído palabras no entendidas por los demás, y entonces la reina Cristina, sin mirar a las tres sombras, volviendo su rostro al rey y haciendo un heroico esfuerzo para no dar a conocer su dolor, pronunció estas palabras:

—Que España sea feliz, que en España haya paz.