El rey exhaló un gran suspiro mirando al techo, y después dijo algo que pareció el mugido de un león enfermo. La reina tomó su pañuelo, y sin decir nada, dejando correr libremente sus lágrimas, limpió el sudor abundante que bañaba la frente del rey.
Siguió a esto un discursillo del conde de la Alcudia confirmando el dictamen de los otros dos apostólicos. Aquel famoso triunvirato traía la comedia bien aprendida, y en el cuarto de don Carlos se habían estudiado antes detenidamente los discursos, pesando cada palabra. El confesor dijo también en voz alta su opinión, asegurando bajo su palabra que el Altísimo estaba en un todo conforme con lo expuesto por los señores allí presentes. ¡Y se quedó tan satisfecho después de este mensaje...!
Fernando pareció llamar a sí todas sus fuerzas. Claramente dijo:
—¿En qué forma se ha de hacer?
No vacilaron los apostólicos en la contestación, pues para todo estaban prevenidos. Calomarde, fingiendo que se le ocurría en aquel mismo instante, propuso que el rey otorgase un codicilo-decreto derogando la Pragmática sanción del 30, y revocando las disposiciones testamentarias en la parte referente a la regencia y a la sucesión de la corona.
Después de una pausa, el rey se hizo repetir la proposición del ministro, y oída por segunda vez, Cristina volvió a limpiar el sudor que corría por la frente de su marido. Con un gesto y la mano derecha, este mandó a los tres apostólicos consejeros que salieran de la estancia, y se quedó solo con su esposa y con su confesor, el cual salió también poco después. Consternados los tres escamoteadores, y dudando del éxito de su infame comedia, no decían una palabra, y con los ojos se comunicaban aquella duda y el temor que sentían. Calomarde y el obispo dieron algunos paseos lentamente por la cámara, esperando que el rey les volviera a llamar, y el conde de la Alcudia aplicó el oído a la puerta y dijo en voz baja y temerosa:
—Parece que llora Su Majestad.
—No lo creo —murmuró el obispo, acercando también su oído.
Entonces se abrió la puerta y apareció el confesor con las manos cruzadas y el semblante compungido, imagen exacta de la hipocresía. Los cuatro cuchichearon un momento como viejas chismosas. Media hora después, Cristina les llamó y volvieron a entrar. Fernando no estaba ya incorporado en su cama, sino completamente tendido de largo a largo, fijos los ojos en el techo, rígido, pesado, el resuello lento y difícil. Sin mirar a los que habían sido sus amigos, sus aduladores, terceros de sus caprichos políticos y servidores de sus gustos con la lealtad y sumisión del perro, Fernando VII les manifestó en pocas palabras que aceptaba el sacrificio que se le imponía. Esforzándose un poco, habló más para exigir secreto absoluto de lo acordado hasta que él muriese.
Los tres apostólicos bajaron; encerráronse en un gabinete. Entre tanto, la chusma del cuarto de don Carlos ardía en impaciencias; sobresaltadas y nerviosas, las dos infantas padecían atroz martirio. La historia, muy descuidada en cierras cosas, no dice el número de tazas de tila que se consumieron aquel día. El obispo, Calomarde y Alcudia mostráronse tan reservados aquella tarde, que los carlinos se impacientaban y aturdían cada vez más. No obstante, algunas palabras optimistas, aunque enigmáticas, de Abarca al salir del gabinete en que los tres se encerraron para extender el decreto-codicilo, hicieron comprender a la muchedumbre apostólica que las cosas iban por buen camino. Finalmente, al llegar la noche, y cuando se difundía por Palacio, corriendo y repercutiéndose de sala en sala como un trueno, la voz de el rey ha muerto, el señor Abarca entró triunfante en la cámara donde la corte del porvenir se hallaba reunida. En su mano alzaba el reverendo un papel, con el cual amenazar parecía, o que lo tremolaba como estandarte o divisa de una ley suprema. Moisés bajando del Sinaí no apareció seguramente más terrible que el señor Abarca cuando, mostrando el decreto-codicilo, exclamó: