—Dios ha querido que un hombre tan bueno y tan cabal en todo —le dijo Sola— tenga su merecido en el mundo, porque si al bueno no le da Dios los medios de ser caritativo y generoso, ¿qué sería de los pobres, de los abandonados, de los huérfanos?

—No, no... —replicó Cordero un sí es no es conmovido—, no hay aquí generosidades que alabar ni virtudes que enaltecer. Algo he hecho por los menesterosos; y si alguna persona ha recibido especialmente de mí ciertos beneficios, estos han sido menores de los que ella se merece. Dios no puede estar satisfecho de mí en esta parte... Que se han sucedido buenos años para el género; que los cambios políticos, improvisando posiciones, han desarrollado el lujo; que las modas han favorecido grandemente el comercio de blondas y puntillas; que la paz de estos años de despotismo ha traído muchos bailes y saraos, equivalentes a gran despilfarro de Valenciennes, Flandes y Malinas; que el restablecimiento del culto y clero después de los tres años trajo la renovación de toda la ropa de altar y mucho consumo de encajería religiosa; que mi puntualidad y honradez me dieron la preferencia entre las damas; que la corte misma, a pesar de que son bien notorias mis ideas contrarias a la tiranía, no quiere ver entrar por las puertas de Palacio ni media vara de Almagro que no sea de casa de Cordero, y, en fin, que Dios lo ha querido, y con esto se dice todo. Bendigámosle y pidámosle luces para acertar a hacer el bien que aún no hemos hecho, y que es a manera de una sagrada deuda pendiente con la sociedad, con la conciencia...

El héroe se atascó en su propia retórica, como le pasaba siempre que quería expresar una idea no bien determinada aún en su espíritu, y un sentimiento oprimido en las fuertes redes de la timidez y la delicadeza.

—Acabe usted, que me da gusto oírle —le dijo Sola sonriendo—, pero prontito, que hay mucho que hacer esta noche.

—Descanse usted un momento, por amor de Dios. ¿Siempre hemos de estar sobre un pie?... ¡Oh!, por mi parte, Hormiga, estoy decidido a descansar. Verdad es que no soy un niño. Tengo cincuenta y dos años.

Dicho esto, don Benigno miró como extasiado a su protegida, que a su vez contemplaba fijamente la luz, a riesgo de quedarse deslumbrada.

—Cincuenta y dos años, que es mucho y es poco, según se considere —añadió el héroe con cierta turbación—. Todo es relativo, hasta los años, y yo, con mi constitución recia y firme, mis acerados músculos, mi desconocimiento absoluto de lo que son médicos y boticas, no me cambio por esos pisaverdes de color de cera de muerto, que se llaman muchachos por una equivocación del tiempo.

—Es usted rico; goza de perfecta salud —murmuró Sola, cuyas miradas, como mariposas, gustaban de recrearse en la llama—; es además bueno como el buen pan; tiene buen nombre y fama limpia. ¿Qué más puede desear?

Don Benigno dio un suspiro, y mirando al tapete, dijo así:

—Es verdad: nada puedo desear. Temeridad e impertinencia sería pedir más.