Ambos callaron.
—¿Tiene usted algo más que decirme? —preguntó Sola levantándose.
—Nada, nada, apreciable Hormiga —dijo don Benigno irradiando bondad y sentimientos puros de su cara de rosa—. Nada más sino que... Dios sobre todo.
Después que la joven se fue, Cordero tomó a Rousseau como se toma el brazo de un amigo para apoyarse en él, y abriendo el libro por donde estaba la marca, indicando sin duda capítulo, renglón o párrafo de gran interés, se quedó un buen rato meditando en la extraordinaria profundidad, intención y filosofía de la sentencia con que el ginebrino encabeza el libro quinto del Emilio.
Dice así: No es bueno que el hombre esté solo.
III
El día era de los mejores que suele tener Madrid en invierno, con cielo limpio y espléndido sol. Los madrileños, que por su índole castiza no necesitaban entonces ni ahora de grandes atractivos para echarse en tropel a la calle, invadieron aquel día la carrera de las procesiones regias que va desde las puertas de Toledo o Atocha hasta Palacio, vía ciertamente histórica y muy interesante, por la cual han pasado tantos monarcas felices o desgraciados, y no pocos ídolos populares. Si fuera posible reproducir la serie de comitivas diversas que han recorrido ese camino del entusiasmo desde la primera entrada de Fernando VII en mayo de 1808, tendríamos una galería curiosa, en la cual muy pocas pinceladas tendría que añadir la historia para hacer el cuadro completo de las sucesivas idolatrías españolas. El quemar de los ídolos, cuando estamos cansados de adorarlos, se verifica en otra parte.
Estas grandiosas comparsas tienen una monotonía que desespera; pero el pueblo no se cansa de ver los mismos lacayos con las mismas pelucas, los mismos penachos en la frente de los mismos caballos, y el inacabable desfilar de uniformes abigarrados, de coches enormes más ricos que elegantes, de generales en número infinito, y el trompeteo, la bulla, el oscilar mareante de plumachos mil, el fulgor de bayonetas, y, por último, el revoloteo de palomitas y de hojas de papel conteniendo los peores sonetos y madrigales que pueden imaginarse.
Aquel día de diciembre de 1829, el pueblo de Madrid admiró principalmente la hermosura de la nueva reina, la cual era, según la expresión que corría de boca en boca, una divinidad. Su cara, incomparablemente graciosa y dulce, tenía un sonreír constante, que se entraba, como decían entonces, hasta el corazón de todo el pueblo, despertando ardientes simpatías. Bastaba verla para conocer su agudo talento, que tanto había de brillar en las lides cortesanas, y para prever las nobles conquistas que la gracia y la confianza habían de hacer prontamente en el terreno de la brutalidad y del recelo. Jamás paloma alguna entró con más valentía que aquella en el negro nidal de los búhos; y aunque no pudo hacerles amar la luz, consiguió someterles a su talante y albedrío, consiguiendo de este modo que pareciesen menos malos de lo que eran. Fue mirada su belleza como un sol de piedad que venía, si bien un poco tarde, a iluminar los antros de venganza y barbarie en que vivía, como un criminal aherrojado, el sentimiento nacional.
No ha existido persona Real a quien se hayan dedicado más versos. Por ella sola se han fatigado más las deidades de Hipocrene y ha hecho más corvetas el buen Pegaso que por todas las demás reinas juntas. A ella se le dijo que si el Vesubio la había despedido con refulgentes destellos, el Manzanares la recibió vestido de flores; se le dijo que Pirene había inclinado la erguida espalda para dejarla pasar, y que en los vergeles de Aretusa tocaba la lira el virginal concilio celebrando a la ninfa bella de Parténope.