Pronto tomó la conversación otro rumbo con la llegada de cierto joven de arrogante presencia, alto de cuerpo, agraciadísimo de rostro, con el pelo en rizos, las mejillas rosadas, el color blanco, los ojos garzos, los ademanes desenvueltos, el vestir elegante. Respondía al nombre de Salustiano Olózaga y era un abogado de veinticuatro años, medio célebre ya por sus brillantes alegatos forenses, y mayormente por la defensa que había hecho ante el Consejo y Cámara de Castilla de un pobre albañil inclusero condenado a muerte por el robo de dos libras de tocino. La Milicia nacional cuando había Milicia, el foro cuando había foro y la política siempre, consumían todo el ardor de su existencia.
Era el campeón juvenil de la idea naciente; la Providencia habíale dado, entre otras notables prendas, elocuencia, si no brillante, varonil y sobria, con una lógica irresistible.
Los jóvenes de hoy, alumnos aprovechados del eclecticismo y del justo medio, no comprenderán quizás el entusiasmo y valentía de aquellos muchachos que sintiendo en su mente, por la natural índole de los tiempos, una especie de inspiración sacerdotal, hablaban de los déspotas y de la libertad como hablaría un romano de la primera república. Y no se paraban en barras; aún deseaban martirios heroicos, y se metían en las conspiraciones más absurdas e inocentes, y osaban decir en pleno foro, delante de los consejeros, cosas que pasman por lo valerosas o intencionadas.
Desde que entró Salustiano no se habló más de Miaulis ni del bueno de Kalocotroni. Alejados un tanto del salón principal, y reforzado el grupo con otras personas, el librero Miyar, el ingeniero Marcoartú y un comerciante de la calle de Postas, llamado Bárcenas, se despacharon todos a su gusto, siendo Olózaga tan hablador y contudente que no se paraba en pelillos, y con su lengua, que más bien era un hacha, iba dejando muy mal parada a lo que ya se llamaba la situación.
Don Benigno, que no gustaba de engolfarse mucho en política por los peligros que pudiera traer, dejó a sus amigos para buscar en los balcones la tertulia más grata y segura de las damas. La que vestía de maja se había puesto a bromear con el marqués de Falfán de los Godos, el hombre más mujeriego de aquel tiempo y también el más fino y galante, si bien su persona, camino ya de la ruina, le ayudaba poco en lo que él quisiera que le ayudase. A Sola, en tanto, le daba conversación una señora muy impertinente llamada doña Salomé Porreño, que a cada rato ponía los ojos en blanco y echaba suspiros, cual si no tuviera en el mundo otra misión ni empleo que estarse lamentando a todas horas de una cosa perdida. Al lado de ella campaba una joven muy bonita, casada y por añadidura en aquel interesante estado que anuncia la maternidad. La de Presentacioncita, que así se llamaba, debía estar ya muy próxima, según se echaba de ver al primer examen. Era su marido un tal don Gaspar de Grijalva, con más riqueza que buen seso, y muy aficionado a meterse en trapisondas políticas, por lo que Presentación se afligía mucho y estaba siempre sobre ascuas temiendo que le ahorcasen. Esta señora, lo mismo que Sola, parecían tener muy pocas ganas de conversación; pero doña Salomé, colocada entre ellas como una especie de mediador parlante, suplía la desgana de ellas con un insaciable apetito de palique, y no cesaba de hacer preguntas y observaciones, poniendo en el discurso, como se pone la sal en la comida, los suspiros y el incesante revolver de sus ojos.
Jenara, o sea la maja, hacia atrás volvía su rostro a cada instante para responder a Falfán de los Godos, y en uno de estos dimes y diretes habló así:
—Sí, hoy mismo he tenido noticias suyas. Pipaón me entregó esta mañana una carta que es de perlas, por las muchas cosas ingeniosas que me dice. Creo que en mucho tiempo no le veremos por acá. Me anuncia que piensa casarse.
Jenara hablaba en voz muy alta; pero como Falfán de los Godos era algo teniente, es decir, algo sordo, nadie lo extrañaba. Al mismo tiempo la de Porreño daba con el codo a Sola y le decía:
—¿Pero no me oye usted lo que le pregunto? Tres veces le he preguntado a usted que si conoce a aquel comandante que pasa, y no me ha dado contestación... Por lo visto aquí todos son sordos... Se ha quedado usted lela; ¿en qué piensa usted que está tan pálida?... ¿No oye usted?...
—Sí, sí —replicó Sola, como se replicaría a las avispas, si la picada de estas fuera, en vez de picada, pregunta—. He oído perfectamente.