La de Porreño, al ver que por aquella banda no sacaba nada de provecho, se volvió a la otra y a Presentación. Después que la oyó, Presentación, que era muy maligna, dijo así:
—Aguarde usted. Mandaré a casa por la Guía de Forasteros, y con ella en la mano le diré a usted los nombres de todos los comandantes, capitanes y coroneles que hay en España.
La de Porreño miró al cielo como si quisiera ponerle por testimonio de tanta injusticia. Bueno es decir que no vestía de maja ni de cosa que lo pareciera, sino a la moda pura y neta de 1822, con dulleta que ella misma había trocado en pelliza, aplicándole los restos de un capisayo antiguo. Su tocado era el llamado de turbante, guarnecido de cordones que fueron de oro y unas plumas que más parecían de escribano que de avestruz, como no pudieran aplicarse a uno y otro.
—También a mí me han dicho que piensa casarse —manifestó Falfán de los Godos.
Entonces se oyó un murmullo, una voz sorda y general que, sin decir nada, claramente decía: «Ya viene, ya viene, ya, ya...». La multitud se agitó cual una gran culebra que pone en movimiento todas sus vértebras, y en los balcones hubo un hondo suspiro de ansiedad que corrió de un cabo a otro de la calle. Todos los ojos miraban a la Puerta del Sol, por donde sonaba como el mugido de un mar, y al poco rato se vio que se agitaba la superficie de cabezas, y que brincaban saltando por encima de la gente penachos de caballos, plumas de morriones y espadas desnudas. El murmullo creció, estalló la marcha real como un trueno, y empezó a pasar la corte.
Sola no veía nada, sino una confusa corriente de colorines y formas, caballos que parecían hombres, hombres que trotaban, y un rodar continuo de formas y magnificencias, todo en tropel y borrosamente, al modo de nube formada de la disolución de todas las visiones humanas. Un cerebro que desfallece, permitiendo la alteración de las sensaciones ópticas, suele producir desvanecimiento y síncope; pero Sola hizo un esfuerzo, cerró los ojos, dejando pasar la mareante comparsa, y así resistió, fuertemente asida a los hierros del balcón. Cuando, pasada la corriente de abigarrados coches, solo quedaban los escuadrones de escolta, principió a serenarse: pero todavía su visión estaba perturbada, y las casas y balcones cuajados de damas, seguían corriendo juntamente con la caballería.
Después de desfilar por delante de Palacio, los regimientos de infantería pasaban por la calle.
—Ese, ese coronel, ¿quién es? —preguntó súbitamente la de Porreño.
—Si no me engaño, es el moro Muza —replicó Presentación.
Diciéndolo, el caballo que montaba el teniente coronel señalado por Salomé resbaló, y sin que el jinete pudiera sujetarlo, cayó pesadamente, arrastrando a este. La caída fue tremenda. Oyose inmensa gritería mujeril. Detúvose la gente, arremolinose el regimiento, acudieron soldados y paisanos al infeliz jinete, magullado y aturdido por la fuerza del golpe, y alzándole del suelo, le entraron en una tienda para darle algún socorro. Era un hombre de cuerpo largo y flaco, cara morena y varonil. Al ser levantado del suelo hacía recordar involuntariamente la figura de don Quijote tendido en tierra después de cualquiera de sus desventuradas aventuras.