—Se levantará la nación —dijo el cortesano levantándose de la silla para expresar emblemáticamente su idea— y veremos cuántas son cinco. Tenemos un príncipe varón, sabio, religioso, honesto; tenemos doscientos mil voluntarios realistas que se beberán el ejército como un vaso de agua; tenemos el reverendo clero con los reverendísimos obispos a su cabeza; tenemos el apoyo de la Europa, que, fuera de la nación francesa, marcha por las vías apostólicas. ¡Viva el señor don...!

—¡Silencio! —indicó la dama—. No me atormente usted con su entusiasmo. Estoy de apostólicos hasta la corona, y deseo que los kirieleysones del cuarto de don Carlos no lleguen hasta mi casa trayéndome el olorcillo a sacristía que tanto me enfada... Pasando a otra cosa, ¿sabe usted que es temeridad venir a Madrid sin ponerse bajo nuestro amparo?... Yo le ofrecí mi protección para que viniera... Sin ella está en grandísimo peligro, y tan bien ahorcan a Juan como a Pedro.

—Exactamente. ¿Pero le ha visto usted hacer cosa alguna que no fuera temeridad, locura y disparate?

—Trabajo le doy a quien intente averiguar dónde está escondido —dijo la dama sin cuidarse de disimular su inquietud—. ¿Será posible averiguarlo?

—Muy posible —repuso Pipaón soplando fuerte, que era en él signo claro de orgullo—. Como que ya tengo, si no averiguado, casi casi...

—¿De veras? Estará en casa de algún amigo.

—Que te quemas... digo, que se quema usted.

—¿En casa de Bringas?

—No.

—¿En casa de Olózaga?