—Nones.

—¿En casa de Marcoartú?

—Requetenones... En suma, señora mía, yo no sé fijamente dónde está; pero tengo una presunción, una sospecha...

—Venga... Si no me lo dice usted pronto, le contaré a Calomarde sus picardías.

—No por la amenaza de usted, sino por mi cortesía y deseo de complacerla, le diré que me tendré por el más bobo, por el más torpe de los cortesanos de este planeta, si no resultase que nuestro temerario trapisondista está en casa de Cordero.

—¡En casa de Cordero!

La dama pronunció estas palabras con asombro, y quedó luego sumergida en el mar de sus pensamientos, sin que los comentarios de Pipaón lograran sacarla a la superficie.

—¿Estorbo? —dijo al fin el cortesano, advirtiendo que la dama no le hacía más caso que a un mueble.

—Sí —afirmó ella con la franqueza que tanta gracia le daba en ocasiones.

—¿Va usted de paseo?