—No... me duele la cabeza... Abur, Pipaón, no olvide usted mis recomendaciones, a saber: la canonjía, la canonjía, santo Dios; que esos benditos primos me tienen loca..., la bandolera para el sobrino del canónigo; que su familia no me deja respirar..., el pronto despacho en la censura de teatros de ese nuevo drama traducido por el busca-ruidos...; en fin, no sé qué más. Esto no es casa, es una agencia.
Despidiose Pipaón después de prometer activar aquellos asuntos, y la dama, al punto que se vio sola, empezó a vestirse con gran prisa y turbación. Le había ocurrido que aquel día necesitaba de ciertos encajes, y no quería dilatar un minuto en ir a comprarlos.
VIII
A pesar de su amor a la vida inalterable y metódica, don Benigno no veía con gusto que transcurriese el tiempo sin traer cambios o novedades en su existencia. Es que se había amparado del alma del héroe cierta comezoncilla o desasosiego que le sacaba a veces de su natural índole reposada. A menudo se ponía triste, cosa también muy fuera de su condición, y sufría grandes distracciones, de lo que se asombraban los parroquianos, los amigos y el mancebo.
En la casa no había más variaciones que las que trae consigo el tiempo: los muchachos crecían, los pájaros se multiplicaban, los gatos y perros rodeábanse de numerosa y agraciada prole, Crucita gruñía un poco menos y Sola había engrosado un poco más.
De todos los amigos de Cordero, el más querido era el buen padre Alelí, de la Orden de la Merced, viejísimo, bondadoso, campechano. Era de Toledo, como don Benigno, y aun medio pariente suyo. Le ganaba en edad por valor de unos treinta años, y acostumbrado a tratarle como un chico desde que Cordero andaba a gatas por los cerros de Polán, seguía llamándole por inveterado uso, chicuelo, don Piojo, harto de bazofia, el de las bragas cortas. Cordero, por su parte, trataba a su amigo con mucho desenfado y libertad, y como las ideas políticas de uno y otro eran diametralmente opuestas, y Alelí no disimulaba su absolutismo neto ni Cordero sus aficiones liberalescas, se armaba entre los dos cada zaragata que la trastienda parecía un Congreso. Felizmente, toda esta bulla acababa en apretones de manos, risas y platos de migas al uso de la tierra, rociadas con vino de Yepes o Esquivias.
He aquí un modelo de conversación Alelí-Corderesca:
—Buenos días, Benignillo. ¿Cómo vas de régimen nefando?
—Padre Monumento, vamos tal cual. Los del régimen se entretienen en tirarse coces unos a otros y no se acuerdan de perseguirnos.
—Don Fulastre, don Piojo, el asno será él. ¿Sabes algo del nuevo papa que tenemos, Gregorio XVI, el cual, o no será tal papa, o no dejará un rey liberal en toda la Europa?