—¡Barástolis! No sé más sino que allá me las den todas y que le beso la sandalia a mi señor don Gregorio, como católico que soy.
—¿Católico y jacobista? Átame esa mosca. Oye tú, el de las bragas cortas, ¿qué pasaje leíste anoche?
—Tío Latinajo, leí el pasaje que dice: He visto en la religión la misma falsedad que en la política. No hay religión, por buena que sea, que no haya derramado sangre inocente.
—Sigue, que me muero de risa. Eres un filósofo de agua y lana. Cuando acabes de volverte loco con tu Emilio saldremos a enseñarte en las ferias a dos cuartos por barba. Ven acá, almacén de sandeces y tienda de majaderías, ¿qué sabes tú lo que es religión?
—Me lo enseñan los de sayo y teja, a quienes se puede decir... Je, je, son tontos y piden para las ánimas.
—Cuando tú y tus amigos los liberales herejes os desocupéis de la paliza que os están dando en toda la Europa, y soltéis el ronzal para formar Congreso y decir: «señor presidente, pido el rebuzno», no faltará quien os enseñe a hablar con respeto de las cosas sagradas.
—Día vendrá en que rompamos el ronzal, padre definidor, y entonces definiremos la conventualla, diciendo: Al fraile soga verde y almendro seco.
—También se dijo: Donde las dan las toman.
—Y también Cuentas de beato y uñas de gato.
—¡Ah!, mercachifle, si fueras bueno no serías rico. Esas sí que son uñas de gato, que es como decir de filósofo.