—Cuando quieras, hijo. A bien que ambos somos toledanos y parientes.
—¡Viva la Virgen del Sagrario! —dijo Cordero con emoción—. Es temprano: ahora viene poca gente. El chico se quedará en la tienda. Subamos a mi cuarto y hablaremos.
—¿Es cosa larga?
—Primero una confesión, un secreto, que si no lo suelto pronto, creo que me hará daño; después un consejo sobre lo que se ha de hacer, y por último... a ver si se luce el buen padre Engarza-Credos con una comisión delicada.
—Vamos, por el hábito que visto, que estoy curioso.
Salieron. Media hora después, don Benigno y su amigo reaparecieron en la trastienda. El comerciante traía el semblante alegre y las mejillas más que de ordinario encendidas. Alelí movía su cabeza, con más nerviosidad y temblor que de ordinario, y al despedirse de su paisano, le dijo:
—Me parece muy bien, Benigno de mi corazón. Yo quedo encargado de arreglarlo.
IX
Dulce melancolía inundaba el alma pura del buen Cordero. Parecíale que todo lo de la tienda, incluso el feo hortera, concordaba con el estado de su espíritu, tiñéndose de inexplicable color lisonjero, y que había una sonrisa general en todo lo externo, como si cada objeto fuera espejo en que a sí propio se miraba. Para más dicha, hasta hubo muchas ventas aquel día, que fue, si no fallan los informes, uno de los de febrero del año de 1831, al cual se podría llamar, como se verá más adelante, el año sangriento.
Serían las once cuando entró en la tienda una dama y tomó asiento. Era parroquiana y amiga. Don Benigno la saludó, y al punto empezó a sacar género y más género, blondas de Almagro, Valenciennes, Bruselas, Cambray, Malinas, en tal abundancia y variedad que no parecía sino que la señora iba a llevarse todo Flandes a su casa.