—¿Ha parido la podenca?

—Todavía no; pero parirá su merced. Para ser un Retiro, a esto no le falta más que el estanque; que de animales y hierbas tenemos cuanto Dios crió, sin que falte el león, que es mi hermana... ¡Ah!, me olvidaba: las perdices que traje ayer las están aderezando a la toledana; a lo Castañar puro. Si viene usted, tendremos para diez perdices cuatro.

—¿Pues no he de venir, hombre de Dios, señor don Ladrón de encajes? No faltaba más sino desairar a la tierra... ¿Hoy?

—Hoy mismo. Además yo tengo que hablar con usted de un asunto grave.

Al decir esto, Cordero tomó un aire de seriedad y de temor, que puso en gran curiosidad al padre Alelí.

—¿Un asunto grave? No será el primero que me consultas.

—Pero es seguramente el más delicado, el más peliagudo. Necesito consejo y ayuda.

—Para eso estoy yo. Vengan esos cinco.

Se estrecharon las manos, y Cordero besó las flacas y temblorosas del anciano fraile con mucho cariño.

—El mal camino andarlo pronto, y pues esto urge, tratémoslo ahora.