—Sí, señora..., ¡y es tan malo!... Ven acá, chico, ven; saluda a esta señora.
El muchacho no se hizo de rogar y se acercó, con ademán de recelo y desconfianza, metiéndose, no ya el dedo, sino toda la mano dentro de la boca. La abundante pintura negra y roja que en los dedos tenía, se le pasó a los labios y carrillos.
—Estás bonito por cierto... Pareces un salvaje —le dijo Sola—. ¿No te da vergüenza de que te vean así, grandísimo tunante?
—No le riña usted.
—¡Eh!..., no te acerques a la señora con esas manazas puercas... Tira ese caballo, que está chorreando pintura. Le ha dado ahora por lavar todo lo que encuentra, y el otro día metió en la tinaja las gafas de su padre.
—Es un fenómeno de robustez esta criatura —afirmó la señora acariciándole.
—Eso sí: está más sano que una manzana, y come más que un sabañón —dijo Sola, apretándole una nalga y dándole un palmetazo en el cogote, para que por el chasquido de las carnazas del chiquillo juzgase la señora de su robustez.
Parecía una madre en plena manifestación de su orgullo de tal.
Juan Jacobo miró a la señora con expresión de desvergüenza, la cual se aumentaba con los manchurrones de su cara.
—¿Quieres mucho a esta señorita? —le preguntó la dama, dándole un golpe con su abanico.