El muchacho, que apoyaba sus codos en las rodillas de Sola, alzó la pierna para montarse arriba.
—No, no; fuera, fuera... —dijo Sola quitándose de encima la preciosa carga—. No faltaba más... A fe que es chiquito el elefante para llevarlo en brazos... Quita allá, mostrenco.
—¿Un hombre como tú no tiene vergüenza de que le coja en brazos una mujer? —le dijo la señora riendo.
—¡Le tenemos tan mimoso...! —dijo Sola con naturalidad—. Como es el más pequeño... Su padre está medio bobo con él, y yo...
No pudo seguir porque el muchacho, que era tan ágil como fuerte, saltó de un brinco sobre las rodillas de Sola, y echándola los brazos al cuello, la apretó fuertemente.
—Ya ve usted... —dijo ella—, me tiene crucificada este sayón... Si le dejara, así estaría todo el día... Vaya, vaya; basta de fiestas... Sí, sí; ya sé que me quieres mucho. Haz el favor de no quererme tanto... Abajo, abajo... ¡Qué pensará de ti esta señora! Dirá que eres un malcriado, un niño feo...
—No extraño que los hijos de Cordero la quieran a usted tanto... —manifestó la dama—. ¡Es usted tan buena, y les ha criado con tanto esmero!... Así está don Benigno tan orgulloso de usted, y así no concluye cuando empieza a elogiarla. ¡Cómo la pone en las nubes!... Y verdaderamente, el amigo Cordero ha encontrado una joya de inestimable precio para su casa. Yo creo que en el caso presente el agradecimiento le corresponde a él más bien que a usted.
Sola protestó de esta idea con exclamaciones, y también con movimientos negativos de cabeza.
—¿Pues qué ha hecho usted sino sacrificarse? —añadió la dama—. Bien podría vivir hoy, si lo hubiera querido, en otra posición, en otro estado, que de seguro sería más independiente... pero dudo que fuera más tranquilo y feliz.
—No creo que para mí pudieran existir posición ni estado mejores que los que ahora tengo —repuso la Hormiga con sequedad.