—Verdaderamente así es, porque si no recuerdo mal, usted se encontró después de la muerte de su señor padre, sola y abandonada en el mundo. Me parece haber oído que alguien la protegió a usted en aquellos días; pero como andando el tiempo, ese alguien, o se murió, o desapareció, o no quiso acordarse más de usted, el resultado es, hija mía, que su orfandad no ha tenido verdadero amparo hasta que este angelical don Benigno la trajo a su casa. En él tiene usted un padre cariñoso... ¡Oh!, páguele usted con un cariño de hija, y no busque fuera de esta casa otros afectos ni otro estado de mejor apariencia. Cuidado con casarse; no cambie usted el arrimo de este santo varón por el de cualquier hombrecillo que no sepa comprender su mérito.
Siguió apurando el tema la señora, y vino a parar en una filípica contra los hombres, sin especificar si la merecían en el concepto de maridos, o en el de novios o cortejos; pero deteniéndose de repente, se echó a reír.
—Mas usted dirá que le doy consejos sin que me los pida, y que hablo de lo que no me importa.
—No, señora; todo lo que usted dice me parece muy puesto en razón, y es natural que dé el consejo quien tiene la experiencia... Estate quieto por amor de Dios, chiquillo....
—Bien, bien —dijo la dama riendo otra vez—. En fin, señora, yo estoy molestando a usted y quitándole el tiempo...
—De ningún modo.
Levantáronse ambas.
—Tiene una hermosa sala el amigo Cordero —indicó la señora, alargando la mano a Sola, y observando al mismo tiempo las cortinas blancas, las rinconeras, los candeleros de plata y las plumas de pavo real—. La parte de la casa que da a la calle me parece muy bonita... En fin, en mí tiene usted una servidora... Adiós, hermoso, dame un beso... ¡Ah!, ¿no sabe usted lo que me ocurre en este momento?
La señora, que ya iba en camino de la puerta, se detuvo, retrocedió algunos pasos, y mirando a Sola fijamente, le dijo así:
—Me olvidaba de hacer a usted una pregunta.