Sola esperó, palideciendo un poco, por sentir corazonada de que la tal pregunta iba a ser de cosa triste. Su instinto zahorí lo adivinaba; parecía leer en los ojos de la hermosa dama la pregunta misma con todas sus palabras antes de que la primera de estas fuese pronunciada.

—Dígame usted —preguntó la señora, afectando poco interés—: aquel caballero, aquel joven, aquel, en fin, a quien usted llamaba su hermano, ¿dónde está?

—No lo sé, señora —replicó Sola pasando bruscamente de la palidez al rubor—. Hace tiempo que no sé nada.

—¿Vive, o que es de él?

—No sé una palabra. Hace dos años que no me escribe... ¿Usted sabe algo?

El rubor desapareció en ella, dejándola en su natural color y aspecto tranquilo.

—Dos años justos hace que tampoco sé nada... Es muy particular...

Para la astuta dama no pasó inadvertida la circunstancia de que si la joven se turbó al recibir la primera impresión de la pregunta, supo contestar con serenidad a ella. Ya fuese por disimulo, ya porque realmente se interesaba poco por el personaje recordado tan bruscamente, no se afectó como la otra creía.

«O está aquí —pensó la dama— y la muy pícara lo oculta con admirable disimulo, o si no está, no se cuida ya de él para maldita cosa».

—Quiero ser franca con usted —dijo después de ligera pausa, en que la miró a los ojos como se miraría en un espejo—. Me dijeron hace días que estuvo en Madrid y que don Benigno le había ocultado en su casa.